La costa más romántica de Asturias, tras los pasos de la escritora Corín Tellado

Viavelez 3

Una ruta perfecta para este verano por una costa asturiana desconocida y siguiendo los pasos de la escritora más leída en español tras Cervantes

Luis Ulargui

Colaborador

Hay una Asturias romántica, y romántica por partida doble. Por un lado, por esa belleza que embelesa: la de los prados que descienden sin prisa para encontrarse con el mar como si quisieran abrazarlo, la de la costa agreste cincelada a golpe de mareas, la de ese verde que parece inventado para reconciliarnos con el paisaje. Pero también es romántica porque aquí nació una de las grandes narradoras del amor, María del Socorro Tellado. Seguro que pocos adivinan de quién hablamos, pero si decimos que firmaba sus libros como Corín Tellado, ahora sí. Aquí en este rincón mínimo del occidente de Asturias, nacieron miles de historias de amor (y desamor).

Puerto de Viavélez

El secreto mejor guardado de la costa occidental

Llegar a Viavélez es como cruzar una invisible puerta y entrar en una habitación silenciosa, con las ventanas bien abiertas a la brisa del Cantábrico. No hay grandes anuncios, ni promesas ruidosas que aparecen en guías turísticas, solo un desvío, una carretera que se estrecha, y de pronto el mar se descubre entre casas blancas. Permitan a este redactor una licencia sacada de uno de los libros de Corín Tellado escrito en los años 60, de esos que se vendían en kioscos a duro: “Contempló el puerto con mirada soñadora. Este se extendía a sus pies en el fondo del pueblo (…) El pequeño puerto costero a un lado y al otro el muelle pesquero. Se veían las casas de los pescadores, todas iguales, alineadas en la parte alta del muelle.” Sí. Es Viavélez, el pueblecito de Corín Tellado, descrito por ella misma en una de sus novelas, una de las pocas licencias asturianas que se permitió.

Este pequeño puerto de pescadores —El Porto, como lo llaman aquí— es una rareza en la costa cantábrica. Algunos lo han llamado el pequeño Cudillero. Pero me parece muy pretencioso. Es más auténtico, eso sí. Apenas una veintena de habitantes, un puerto recogido en tres dársenas, y una sensación de verdad que sigue intacta. Las casas, encaladas, se agrupan como si se protegieran unas a otras.

Calle del barrio de pescadores de Viavélez

Callejear buscando a Corín Tellado

Al llegar a este pequeño enclave marinero hay que bajar, siempre bajar, por callejuelas empinadas que se enredan entre escaleras, rincones repletos de macetas y balcones que dan al mar. Palmeras improbables, buganvillas que estallan en color, geranios que se exhiben ante el mar. Miradores que pintan ante nuestros ojos la mejor y más desconocida imagen de la Asturias marinera.

En esa búsqueda pausada se despliega la calle que lleva el nombre de Corín Tellado. Y allí, casi sin aviso, la casa donde nació en 1927. Aquí vivió hasta los 8 años, cuando se trasladó a tierras gaditanas para volver a Asturias ya casada, concretamente a Gijón. Pero retornaba a su Viavélez, donde ella siempre decía que todo empezó, y en algunas de sus novelas se intuye este escenario, y si no lean: “le encantaba la vieja casita solariega del pueblo y aquellos acantilados que a veces en las bajas mareas descubrían trozos de parda arena”, frase extraída de su novela por entregas Mamá no se casa.

Delante de la casa una placa nada grandilocuente. La certeza de estar ante un lugar donde la literatura cotidiana se hizo grande y popular y es que Corín Tellado tiene el honor de ser la segunda escritora más leída en español tras Cervantes, por haber escrito entre cuatro y cinco mil novelas y vendido más de 400 millones de ejemplares.

Puerto de Viavélez

El puerto, latido y sabor a sal

Pero nosotros seguimos ensimismados en este recóndito pueblo marinero. El puerto es el corazón de Viavélez. Hay nasas apiladas, cuerdas que huelen a sal, pequeñas embarcaciones que se balancean con esa calma engañosa del Cantábrico. Hubo un tiempo en que este lugar fue ballenero. En que los carpinteros de ribera construían algunos de los barcos más veloces y resistentes de la costa. Hoy queda la memoria, un antiguo cañón convertido en noray, los restos del astillero, y ese silencio que solo rompe la bravura de este mar.

Este escenario puede abrir el apetito. Si es muy pronto, puede ser el momento de un buen aperitivo y, si ya ha pasado la hora del ángelus y el hambre aprieta no hay mejor yantar que en el mismo puerto donde la cocina de La Taberna de Viavélez nos ofrece producto, técnica y respeto por este mar. Aquí se viene a comer lo que el Cantábrico decide ofrecer ese día y que los hermanos Rodríguez Badía saben tratar de forma maravillosa. Pescados que aún conservan el brillo de la lonja, mariscos que saben a salitre y a paciencia. Es parada obligada para los que quieren saborear este Cantábrico.

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Sendero costero de Viavélez a Playa Porcía

Camino de Playa Porcía y sus tesoros escondidos

Segunda parte del viaje. Justo en la parte occidental del puerto arranca una senda que es la mejor invitación a dejar atrás este romántico Viavélez para entrar en otra dimensión igual de romántica. Y es que este puerto de pescadores es el punto de partida para conocer toda una Costa Romántica gracias a un camino costero que recorre un paisaje que enamora incluso a aquellos con un corazón de piedra. Un camino que nos llevará a una costa recogida, casi susurrada entre acantilados y prados y que terminará en la coqueta playa de Porcía.

El camino asciende de forma intensa hasta un primer mirador. Sólo unos pasos, y la brisa cambia, se vuelve más intensa, más atlántica. Y el sonido del mar empieza a acompañar cada paso. Y allí asoma una escultura llamada “Litoral”, integrada en la inmensidad del paisaje. Una pieza de hierro que parece hablar primero con el horizonte, luego con el viento y terminar haciéndolo con nosotros.

La agreste costa del occidente de Asturias

Dejamos el pueblo de Viavélez a nuestras espaldas, encajonado entre el verde y las rocas, la senda continúa, jalonada de pequeñas calas. Secretas playas como la de Monellos y la de Torbas que aparecen y desaparecen según el capricho de las mareas. Lugares casi vírgenes. En la ensenada de Torbas encontraremos primero un molino de mareas y si llegamos tras días de orbayu continuo podemos deleitarnos con tres cascadas que caen directamente al mar. No lo sabemos, pero podemos imaginar que por estos rincones apartados venía Corín Tellado a pasear, así se delata en algunas de sus novelas: “Allí, en aquel apartado rincón de la playita, oculta entre acantilados”, así empieza concretamente ¡Por qué no eres como todos!

Mirador del Castro de Cabo Blanco

Cabo Blanco, donde viven las leyendas

Casi en ese límite del acantilado, donde podemos ver a este mar Cantábrico dialogar consigo mismo en un soliloquio marino ora sereno ora furioso ora traicionero, nos volvemos a sorprender con lugares donde historia e imaginación se mezclan sin pedir permiso a nadie. Hemos llegado al Castro de Cabo Blanco.

Cinco fosos, algunos de hasta seis metros de altura, protegen este enclave que mira al mar. Aquí se asentó un pueblo siglos antes de Roma. Aquí hubo una defensa acérrima de esta costa, una lucha por su supervivencia, una estrategia contra el enemigo fuese natural, humano o espiritual.

La leyenda habla de un rey, de un asedio imposible, de una hija enamorada y hechizada por su propio padre, de apariciones en las noches de solsticio de verano, de una mujer con gasas blancas peinando cabellos dorados con un peine de oro a las puertas de una cavidad, justo debajo del castro. Quizá nada de esto sea cierto, quizá lo sea todo. Porque en lugares así, la realidad siempre deja espacio para que podamos creer en la imaginación popular.

La Costa y Paisaje de Asturias enmarca

Costa Atalaya, donde el paisaje puede enmarcarse como arte

Queda un hito antes de llegar al final del camino. El Mirador de la Atalaya alberga una curiosa escultura bajo el nombre de Ventana del Cantábrico. Un marco que encuadra cielo y mar en un mismo azul. Un paisaje pintado y perfecto. Es como poner ribetes al paisaje. Llegados hasta aquí, todo queda ordenado por capítulos: el mar, la línea del horizonte, las montañas, incluso el propio viajero. A nuestros pies la mar que va construyendo arcos naturales, cuevas y bufones donde las olas se enredan buscando caminos subterráneos tierra adentro. Es este un buen lugar para sentarse en uno de los bancos a pie del acantilado y leer a la dama del amor: “Más allá, la costa se volvía agreste. Se divisaban los acantilados y una especie de rampa que el mar había lamido hasta dejarla pulimentada como el mármol, donde las olas rompían con una violencia ensordecedora, salpicando de espuma las rocas más altas”, extraído de la novela Te haré feliz.

Playa Porcía

La playa de Porcía, el final perfecto

Final del camino. Porcía. Una ensenada en forma de concha, arena fina, islotes que emergen como esculturas naturales. Un riachuelo serpentea antes de entregarse al mar, creando un paisaje cambiante, lleno de matices. En el centro, una piedra: A Pedra Imán, que cuentan que atrae los rayos durante las tormentas. Dicen también que en estas tierras hubo oro. Que quizá aún lo hay. Leyendas, otra vez. Lo que no son historias inventadas son los restos de otro tiempo en la misma playa: antiguos cargaderos de mineral, norayes que hablan de barcos y de esfuerzo. De una costa que no solo fue paisaje, sino también trabajo.

Y al final, como todo buen viaje, llega el descanso. Y qué mejor lugar que en el chiringuito frente al mar. Mesas sencillas, comida sin complicaciones, el sonido de las olas como banda sonora. Aquí todo sabe mejor: el pescado, la sidra, incluso el silencio. En uno de esos columpios, que tanto se han puesto de moda, solo queda esperar a que caiga el sol y con una novela de Corín Tellado en el regazo, quizás sacada de algún baúl de la abuela.

Fotos: Luis Ulargui

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