Gastroguía de Santander: los mejores restaurantes para comer bien y a buen precio en la capital de Cantabria

Gastroguia Santander

Una ciudad en la que cabe prácticamente de todo y para todos los públicos con el mar como protagonista

Jaime de las Heras

Editor Senior

Santander huele a mar, huele a Cantábrico, a encanto pesquero y a clasicismo. La capital cántabra es un paraíso para santanderinos y viajeros, que encuentra en sus mesas, barras y restaurantes auténticos placeres culinarios que la hacen parada obligada para gourmets y amantes de la buena gastronomía.

Es la tierruca de las anchoas, de las rabas de calamar (y del magano), del mejillón y del caracol, del sorropotún, de los cocidos (lebaniegos y montañeses), de sus quesos... Ay, Cantabria, como el anuncio, es tan infinita como lo es su mesa. En ella coexiste lo mejor del mar y lo mejor de la tierra para que cualquier comensal salga convencido de su excelencia.

Por eso, hoy nos ponemos en danza para recomendarte dónde comer y qué elegir cuando pongas rumbo a Santander, desde restaurantes de mesa y mantel hasta tascas y tabernas típicas donde acodarte en la barra.

Hemos acompañado la guía con un mapa que puedes cargar en tu Google Maps –como este de Soria– que compartiremos el próximo viernes solo entre los suscriptores de nuestra newsletter Al fondo hay sitio. ¿Aún no te llega? Aquí mismo puedes suscribirte. 

Índice de Contenidos (32)

Qué es típico comer en Santander

Santander es una ciudad en la que no faltan algunas de las grandes leyendas de la cocina cántabra. Esquivar las anchoas en salazón es casi imposible. Como tampoco deberíamos dejar de pedir las clásicas rabas de calamar, si bien es cierto que el concepto raba obedece a una preparación y no solo a la especie.

Aparte, suele haber mucho marisco, especialmente crustáceos, donde los mejores restaurantes en Santander suelen estar muy vinculados al pescado y a los productos del mar. 

Eso no quita que en los restaurantes tradicionales en Santander no vayamos a encontrar algunas recetas clásicas como puede ser el cocido montañés, así como el cocido lebaniego e, incluso, cazuelas de pescado no tan conocidas por el gran público como puede ser el sorropotún de bonito.

Los mejores bares de raciones y tapas en Santander

Tascas clásicas y modernos bares coexisten con buen tino en el centro de Santander. Como centro de peregrinaje para el tapeo, la calle Peña Herbosa es ese reclamo al que aferrarse cuando el turista no tiene muy claro dónde ir. La capital cántabra es un paraíso para alternar una o dos tapas y poner rumbo a otro bar, así que prepárate para no aferrarte a una barra.

Abunda la tortilla, abunda la anchoa y abunda la raba, por lo que difícil será encontrar un local en la ciudad que no maneje con éxito esta sabrosa trinidad. Además, la afición del cántabro por el tapeo permite que muchos bares y restaurantes cubran con éxito tanto la barra como la sala, siendo difícil en muchos casos decantarse por sólo uno de los espacios.

Vermutería Solórzano

Gildas, rabas de calamar y vermut en Solórzano.

Parada obligada de vermut y de rabas. El Solórzano es un clásico también para descubrir gildas (tanto con boquerón como con anchoa), aunque su oferta de picoteo no se queda en esos dos registros. Hay muchas latas, siendo especialmente recurrentes las de anchoa -lógico- y las de mejillón pero también a otras conservas, incluso vegetales, como puerros o espárragos.

Además de tapas calientes como las croquetas, las albóndigas de atún o los pimientos rellenos de rabo de toro. No es barato en términos generales pero, si se elige bien, sales comido por menos dinero del que imaginabas.

Casa Lita

Reivindicar Santander y Cantabria desde el pincho es la batalla en la que se embarca día a día este local. Abierto en 2003, es un lugar ideal para no comerse la cabeza y sí triunfar con el sinfín de pinchos que desfilan por su barra. No son tan caros como en Euskadi pero no son los más baratos del mundo, eso sí, son sustanciosos y con tres o cuatro -depende de tu saque- sales comido.

La rotación del pincho es alta y salen y entran de la 'carta' con frecuencia por lo que es difícil que repitas. Buena fama tienen los de solomillo, así como el de ensaladilla rusa o los de champiñones, que suelen encontrar siempre, sólo que varía la forma de presentarlos.

La Casa del Indiano

Consolidado como un clásico de la ciudad y muy versátil, ya que ofrece restaurante, gastrobar y barra, este local en el Mercado del Este, presenta pinchos y tapas que van de lo clásico a lo contemporáneo. Hay rabas -tanto de peludín como de magano-, además de mejillones, almejas y rejos -las patitas de los calamares, que representan lo más ortodoxo de la cocina cántabra.

Más arriesgadas son las propuestas de guacamoles, la morcilla con idiazábal gratinado y sus pintxos de carne, donde destacan el de solomillo o el de foie a la plancha.

La Mar

La Mar. ©Instagram Santi_patri

Una ostrería en plena calle Peña Herbosa que ha llevado el tapeo santanderino hacia el producto gourmet sin perder el tono de barra. Las ostras se piden por unidades y se acompañan de espumosos o vinos por copas, y alrededor gira una carta corta y muy bien escogida: gambas marinadas, ahumados —la anguila es de las que se recuerdan—, ventresca, conservas, embutidos, quesos y hasta caviar. 

Mesón Rampalay

Junto a la iglesia de Santa Lucía y a dos pasos de Cañadío, este mesón abierto en 1984 por los hermanos Félix y Basilio Fernández –hoy al frente está Antonio, hijo de Félix– conserva el aire de casa de comidas burgalesa trasplantada a Santander. 

Su barra reúne más de treinta pinchos diarios, con la ensaladilla, el salpicón de marisco y las rabas como fijos, y la cocina sigue un calendario de cuchara: alubias rojas los lunes, cocido lebaniego los miércoles y montañés los jueves. Hay menú del día y una carta sensata de bocartes, revueltos y bacalao. De lo más honesto del centro en relación calidad-precio.

Restaurantes donde comer bien y barato en Santander

Pucheros y cazuelas sirven para dar cobijo gastronómico a santanderinos y viajeros, que también encuentran en la ciudad, Sardinero arriba y Sardinero abajo, ofertas culinarias más ajustadas con las que degustar platos locales.

Es momento de cocido montañés y de lebaniego, además de carnes, generalmente ternera, y muchos platos de pescado en cazuela, que se salen del perfil elitista que persigue en muchos casos al marisco en torno al precio.

Bodega Fuente Dé

Si hay que comer cocido en el centro de Santander, el sitio es este. Bodega de jamones colgados, botelleros y mesas de madera, sin una sola concesión a la estética, donde el lebaniego y el montañés se alternan según el día y el resto de la carta acompaña: raciones de bocartes y chorizo, quesos de los Picos —el picón es imprescindible—, carnes y pescados sencillos. 

Magnolia

Abierto en 2011 en la calle Tetuán, en plena zona de Puertochico, Magnolia es de esos restaurantes que gustan a casi todo el mundo: comedores amplios y muy cuidados, una terraza cubierta en la planta alta y una carta de cocina tradicional con vueltas de tuerca en la presentación. 

Funciona muy bien para compartir –croquetas, tortillas, tacos de merluza, rabas, mejillones, albóndigas o callos– y tiene buena oferta de carnes, del entrecot al solomillo. Se come bien por entre 20 y 30 euros. Tiene hermano en Castro Urdiales.

Umma

El joven chef y propietario Miguel Ángel Rodríguez firma aquí una cocina moderna, generosa y pensada para compartir, que mira al recetario de siempre sin quedarse en él. El local, en dos alturas, tiene aire neoyorquino: techos altos, ladrillo visto y reproducciones de pinturas rupestres. 

Raciones copiosas, servicio atento y una relación calidad-precio que no es ya tan frecuente en la capital cántabra ponen a Umma y su cocina del día a día en una posición muy merecida.

Querida Margarita

Bistró de Puertochico que aplica técnica de alta cocina a platos reconocibles y reconfortantes, y que lleva años en lo más alto de las valoraciones de los santanderinos con el chef Valentin Binisti al frente de las operaciones. 

Tiene un menú muy ajustado de precio, una carta corta con ostras bien tratadas, pescados del día o un entrecot con mantequilla, y una bodega muy por encima de lo que cabría esperar en un local de este tamaño.

El Desfiladero

En el barrio de El Alisal, los hermanos José Ángel y Álex Verdeja llevan desde 1997 al frente de esta casa de producto y cariño, dos palabras que la definen bien. Su seña de identidad es el cocido lebaniego, que antes solo se servía algunos días y ahora se prepara a diario, pero la carta se completa con pescado fresco –el rodaballo tiene fama–, almejas y postres caseros a precios bastante sensatos.

La Nuncia by Sergio Toca

En Cueto, en un local que abrió como bar en 1914, el cocinero cántabro Sergio Toca recuperó en 2022 La Nuncia tras doce años trabajando en Canarias y un viaje a Bali que se nota en sus platos. La base es cántabra (rabas de las de antes), pero la carta se abre a guiños canarios como el pulpo con papas y mojo, el quesillo o el barraquito, y a sabores asiáticos. Un pequeño restaurante con mucha personalidad que justifica salir del centro.

Mesón Gele

Un clásico de la zona de vinos y copas del centro, a dos pasos de la Plaza de Pombo, que sigue llenándose a base de cocina tradicional cántabra bien resuelta. En la carta conviven las rabas, la merluza fresca, los pimientos rellenos de rabo, el pastel de puerro y gambas o el cochinillo, con una tarta de queso que suele cerrar la comida. Asegúrate la reserva porque se suele poner de bote en bote.

Marucho

Pocas casas resumen tan bien el Santander marinero como esta taberna de la calle Tetuán, con las mesas apretadas, décadas de fotos en las paredes y las vitrinas a la vista con lo que ha entrado de la lonja. Aquí se viene a por pescado y marisco del Cantábrico sin artificio: merluza, centollo, almejas, mejillones, rape, anchoas sobre pimientos asados, gambas al ajillo o las albóndigas de pescado, uno de sus clásicos. 

Conde Luna

Junto al parque de Mataleñas, lejos del bullicio del centro, Conde Luna es uno de esos restaurantes clásicos que no pasan de moda. Cocina tradicional bien hecha con las brasas como hilo conductor —carnes, pescados, sardinas y bonito asados en temporada— y un cocido montañés tan reconocido que llegó a ilustrar un sello de Correos. Las rabas y la quesada pasiega completan lo imprescindible. 

Restaurantes gastronómicos en Santander

Si el presupuesto no es un problema, Santander es una ciudad estupenda para darse un buen atracón, ya sea en forma de marisco, de pescado, de carne o de restaurantes de cuchara. Convertido en un destino vacacional de primer orden durante el verano, no faltan referencias en las que dejarse un pico en lo gastronómico no será raro.

Fieles a la esencia cántabra, sus restaurantes suelen ser de raciones generosas y es fácil irse bien servido. En otro sentido, son cada vez más las apuestas que reivindican una cocina más sintética, también cargada de sabor, pero ajena a los cánones tradicionales cántabros en cuanto a platos desbordados y digestiones imposibles.

Cañadío

Bordan las almejas finas, tanto a la sartén como a la marinera, y es lugar de culto por sus buñuelos de bacalao y por sus rabas. A la hora de los segundos son referente en el trato a la merluza y también por la oferta de carnes que despachan, capaces de jugar con la ternera, con los steak tartar o plantarse con jarretes de ternera al horno.

No falta tampoco el buen tino con los platos de cazuela, siendo singulares los callos o sus manitas de cerdo deshuesadas. Pertenece a ese perfil de restaurantes tradicionales que han sabido adaptarse, tanto en estética como en carta, a un público más heterogéneo y eso se agradece. Dispone de barra, por lo que es perfecto para hacer un hueco con el picoteo y sus pinchos antes de sentarse en la sala. Además, muchos madrileños conocerán las andanzas del restaurante por su 'sucursal' madrileña, abierta hace pocos años.

Bodega Cigaleña

Posiblemente sea el restaurante donde mejor se puede beber de todo Santander. Con más de 70 años de historia a sus espaldas, la cocina de este icono santanderino se basa en el clasicismo y el respeto al producto, que incluso va más allá de las materias primas cántabras.

La carta se destila así en mimbres de alta cocina, donde caben arroces, la terrina de faisán, el ragout de venado o el pato azulón. A su lado, platos cántabros de toda la vida como las eternas rabas, los bocaditos de merluza o una buena dosis de platos también con impronta tradicional como las mollejas de lechazo o las cocochas de bacalao al pilpi.

Bodega del Riojano

80 años de historia contemplan este bar-museo, que vive un nuevo apogeo desde 2006, cuando Carlos Crespo, responsable del Grupo Cañadío, decidió hacerse con el local. Su oferta de barra está bien surtida en vermuts y vinos, siendo perfecta para llegar pronto -en torno a las 12:00h- porque luego empieza a llenarse.

No faltan los caracoles a la riojana, ni las rabas, ni la ensaladilla rusa o la sorprendente tortilla de patata con salsa de callos. Y esto sólo sucede en la barra, que luego en el restaurante se termina de consolidar con platos como el cachón guisado al estilo tradicional, las pochas estofadas con calamar o los curiosos raviolis de pollo pedrés, una raza cántabra de sabrosa carne.

La Bombi

Las dos versiones de La Bombi se disfrutan por igual en este restaurante-bar donde la mesa y los pinchos tienen cabida. Eso sí, sus raciones son generosas por lo que te tocará decidir si quieres quedarte de pie en el tapeo o sentarte en mesa vestida. Nosotros te recomendamos que apuestes por la sala, donde abundan recetas de pescado y marisco, aunque los carnívoros también tienen cabida.

Allí dentro hay rabas, aunque su revuelto de erizos merece por sí solo la visita al local. Toques de brasa se encargan de dar juego a la panoplia de pescados que abarrotan sus neveras, desde rodaballos a merluzas, pasando por besugos y rape. Otra de las especialidades de la casa, el magano, también reivindica su posición en la carta, ya sea encebollado, en su tinta o relleno.

Gelín

Los festivales a base de marisco bien merecen una visita a Santander, donde abundan los restaurantes de calado marinero. No son baratos, partiendo de que Santander no es una ciudad especialmente barata, pero estos festines merecen la pena. Una buena dirección para acertar el tiro es Gelín, una leyenda fundada por Ángel Castanedo y Mª Pilar Lanza en 1957. Ahora son sus hijos los que lo dirigen pero el buen tino se mantiene.

Fama tienen sus cigalas, tanto a la sartén como cocidas o a la plancha, aunque no les van a la zaga las nécoras, el bogavante o, si hay suerte, las colas de santiaguiños, un manjar que no siempre está en el mercado y que supone un esfuerzo extra a la tarjeta pero que merece la pena.

El Serbal

Fue el primer restaurante de la ciudad en lograr una estrella Michelin, en 2003, y la mantiene desde entonces. Tras dejar Puertochico, hoy ocupa la primera planta del edificio Cormorán, sobre la playa del Sardinero, con vistas de postal al mar. 

Su cocina es tradicional cántabra actualizada: pescado comprado a diario en la lonja y cantado en la mesa, y carne de vaca tudanca como bandera. Carta y tres menús —Gastronómico, Degustación y uno especial con Dom Pérignon— para una de las experiencias más redondas de Santander. En la planta baja tiene un bistró más informal, el Querida Mar que antes te recomendamos.

Casona del Judío

En una casona indiana del siglo XIX en el barrio de Monte, a pocos minutos del centro, el chef Sergio Bastard ha construido una de las cocinas más personales del Cantábrico. 

Algas y hierbas de litoral, huerto propio y productores ecológicos sostienen dos menús degustación —Festival y Mesa del Chef— donde aparecen las verdinas con gamba roja, el calamar en salmuera o la salmuria, una salmuera de anchoa que usa para dar sal y profundidad a las salsas.

Dónde desayunar y hacer brunch en Santander

En la tierra de los sobaos, las quesadas y la mantequilla, el desayuno santanderino nunca es ligero, y la ciudad conserva cafés casi centenarios junto a una generación de cafeterías de cuño moderno. 

Wabi Sabi Café & Craft

Escondido en la calle San Celedonio, junto a Río de la Pila, este pequeño café de las hermanas Brenda y Magdalena Sánchez es mitad cafetería y mitad tienda, con muros de piedra, muebles vintage y una escalera de caracol que sube a un rincón diminuto. Café de especialidad, tés, zumos naturales y tartas caseras –la de zanahoria es seguramente la que más fama tiene–, con opciones veganas. 

Santa Café Bar

La antigua La Santa&Co es una de las referencias más consolidadas para el brunch en el centro, tanto para el público joven como para el más maduro. Tostas, pastas, tartas caseras y un brunch en dos versiones, además de una opción informal para comer a mediodía.

Salvaje

El otro gran nombre del brunch santanderino, con un público igual de transversal. Café-restaurante de estética rústico chic con una de las ofertas de brunch más completas de la ciudad, además de menú del día, cocina internacional y opciones vegetarianas y sin gluten. Los fines de semana se peta bastante, así que sé previsor y reserva. 

Gómez Fusión

La cara más desenfadada de Pastelerías Gómez, obradores santanderinos desde 1860, frente a la bahía en el Paseo de Pereda. Bollería propia –el emparedado de hojaldre caramelizado tiene seguidores fieles–, desayunos a buen precio, pincho de tortilla, helados y platos para comer o cenar en la terraza. 

Regma

En Cantabria no se toma un helado, se toma un Regma. La casa nació en 1933, cuando Marcelino Castanedo compró una heladería que no funcionaba y la bautizó con las iniciales de sus hijas, Regina y Margarita. Mantiene su máxima de helados naturales, sin colorantes, con el jaspeado de moka y la crema tostada como clásicos, y suma confitería y cafeterías repartidas por toda la ciudad.

Capri

A unos pasos de Regma, en el mismo Paseo de Pereda, Capri elabora desde 1953 helado italiano artesanal en una enorme variedad de sabores y es, por méritos propios, otro de los estandartes heladeros de la ciudad. 

Imágenes | iStock / Cañadío / Vermutería Solórzano / Casa Lita / La Casa del Indiano / Gelín / La Carnaza/ Días Desur 

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