La fusión de estos dos ingredientes transforma el tubérculo en una guarnición o un plato principal vegetariano inolvidable
El secreto para transformar el boniato en el bocado más rico del mundo está en la combinación binaria más adictiva: miel y pasta de chile.
Al hornearse, el dulzor natural del boniato se potencia con una fina capa de miel para lograr una caramelización intensa en la superficie. Esto se potencia con el golpe inesperado de la pasta de chile. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de pasta de chile?
Las hay de muchos tipos. En Italia es típica la pasta de chile de Calabria, pero tanto en Asia como en Latinoamérica es un condimento habitual que, bajo distintos nombres, consiste básicamente en pimientos picantes mezclados con aceite.
Si no tenemos una pasta de chile comercial, basta mezclar aceite de oliva con copos de chile o pimentón picante, que no deja de ser otro tipo de pimiento.
Esta pasta, que en ocasiones incorpora un toque de sabor ahumado o fermentado, aporta picante y una complejidad salada y ácida que corta el exceso de dulzura.
Junto a la mil, trabajan en conjunto para lograr una profundidad de sabor súper interesante.
Cómo aliñar el boniato
Primero, se utiliza un poco de aceite de oliva junto con sal para asar el boniato. La magia llega en el último momento, al glasear el boniato ya casi cocido con la mezcla de miel y pasta de chile. A la vista, conseguimos un acabado brillante y al tacto, ligeramente pegajoso.
La ciencia detrás del éxito de la combinación es que la capsaicina de la pasta de chile (típicamente con cayena o pimiento rojo picante) despierta las papilas gustativas, mientras que la miel sella los jugos internos para una cremosidad inigualable. El resultado es un bocado donde el primer sabor es dulce y acaramelado, seguido de un picante placentero y sostenido que invita a repetir.
Para el aliño, basta con mezclar una cucharada de pasta con dos de miel. El resultado es pura magia. En este estado, es ideal complementar con ingredientes que aporten frescura, grasa y una textura crujiente. Por ejemplo, una base de yogur griego natural con pistachos o nueces picadas y tostadas por encima, junto a una ensalada sencilla de hierbas frescas como menta, cilantro o perejil, lo convertirá en un plato de restaurante hecho en casa.
Otros aderezos inteligentes y de pocos ingredientes que complementan el tubérculo son: tahini, zumo de limón fresco y pimentón ahumado, o bien aceite de sésamo tostado, salsa de soja y jengibre rallado para un perfil con inspiración asiática.
Imagen | freepik
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