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Adiós a la plancha y a manchar el horno: esta receta de lubina (o cualquier pescado blanco) es un guiso fácil y sencillo para comer sano y rico

Podéis usar el pescado blanco que queráis y el resultado es inmejorable

Jaime de las Heras

Editor Senior

Muchas veces somos injustos con el pescado, especialmente con el pescado blanco, porque lo maltratamos más de la cuenta en la cocina o en la forma en la que lo preparamos, e incluso en cómo lo compramos. Le achacamos a la lubina, a la dorada o a la merluza que les falta un poquito de gracia si se las compara con sus parientes marinos, como sardinas, atunes o bonitos, donde los pescados azules tienen la suerte de ser más grasos y, por tanto, más sabrosos.

Y eso, evidentemente, pasa factura al pescado blanco, sobre todo si nos limitamos a cocinarlo todo a la plancha o pensamos que la única buena forma de preparar una lubina, una dorada o unos tacos de merluza es meterlos al horno. 

No tengo nada en contra, evidentemente, de consumir merluza al horno, lo cual me parece un auténtico platazo, ni tampoco de la lubina a la plancha, pero si queréis salir de los lugares comunes que marcan la plancha y el horno a la hora de comer pescado blanco, tenemos soluciones como esta lubina guisada con patatas y cebolla.

La podéis tener lista en media hora, se hace en cazuela y permite dar de comer a un regimiento sin tener que esmerarse más de la cuenta y sin gastar una fortuna.

Como os decía, podéis utilizar lubina, pero también cualquier pescado blanco que tengáis a mano, como merluza, dorada, rape o incluso los lomos de un pescado plano, como lenguado, gallo o rodaballo. Ciencia, como veis, no hay ninguna.

Lo primero de la película es cortar las patatas muy finamente con una mandolina o con cuchillo. Este paso no es un capricho: al conseguir rodajas muy finitas, se van a cocer bastante antes y permitirán que nuestro pescado quede en su punto.

Aparte, picamos una cebolla en brunoise y la doramos en una cazuela hasta que coja un poquito de color. Cuando ya haya cogido un poco de tono, más o menos como ese primer día que vas a la playa y vuelves con mejor aspecto cuando te miras al espejo, colocamos las patatas en la cazuela, las rehogamos un poco y agregamos un vasito de caldo de pescado.

Si no tenéis caldo de pescado, podéis usar una pastilla de caldo o agua del grifo, aunque mejor si tenéis caldo de pescado. Tapamos la cacerola, dejamos cocer unos diez minutos y, mientras tanto, cortamos el pescado en porciones. Si ya lo tenéis fileteado, simplemente cortadlo en tacos de bocado.

Tras esos diez minutos, agregáis el pescado a la cazuela y dejáis que se cocine cinco minutos. Esto es importante: si habéis mantenido la piel del pescado, mejor añadirlo con la piel hacia arriba. Echamos un chorrito de vino blanco, dejamos que evapore ligeramente, damos la vuelta al pescado procurando que no se parta, vertemos unos cuantos guisantes de lata, añadimos un puñado de perejil picado, tapamos la cacerola y dejamos otros cinco minutos para que se cueza.

Si viéramos que se nos ha ido de las manos el caldo y se ha quedado seco, agregamos un poco más cuando aún esté caliente. El plato, evidentemente, estará listo cuando las patatas estén tiernas y bien cocidas. Solo tendréis que dejarlo reposar un poquito para que se asienten los sabores y estará listo para comer.

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