
El vino amontillado surge de someter a un vino fino (bajo velo) a una posterior crianza sin la protección que el velo de flor proporciona. Este velo acaba muriendo (amontillándose) y mezclándose con el vino, con lo que se oscurece su color y le otorga unas cualidades organolépticas diferentes.
Tradicionalmente, los generosos jerezanos siempre han estado envueltos por un manto de reconocimiento y prestigio, de entre todos ellos, la singularidad del amontillado emerge por encima del resto. Es un vino peculiar, complejo, sutil y elegante, y, curiosamente (al menos en mi Asturias, patria querida), bastante desconocido.
De la selección del Grupo Navazos ya hemos hablado, la verdad es que todo lo que hacen lo hacen bien, y acaba convirtiéndose en una especie de marchamo que asegura la calidad de todos los líquidos que embotellan. En esta ocasión, el reposo en las silenciosas bodegas jerezanas superior a 20 años convierten las apenas 1400 botellas de este descendiente de manzanillas de 20º de alcohol, en un líquido especial, eterno, infinito.

