
Cuando en 2002 el matrimonio formado por Javier Alonso y María del Yerro decidió crear su propio proyecto enológico en Roa de Burgos, tenían claro que debía ser un proyecto de corte familiar (de ahí llamarla con el apellido de sus hijos), pero ordenado y meticuloso, un proyecto ambicioso en cuanto a planteamiento que hoy en día, pocos años después de haberse iniciado comienza a hacerse un hueco en el mercado gracias a la calidad de su producto.
Y es que Alonso del Yerro es Ribera del Duero en estado puro, nace como un tributo a la tempranillo, uva que en esta zona determinada, siempre que vaya acompañada de cuidados y mimos, ofrece en sus vinos lo mejor de la mejor de las uvas.
Una de las cosas que me gusta de esta bodega (adoro los proyectos sencillos pero ambiciosos) es que el éxito no se les ha subido a la cabeza, continuan con la misma línea de precios, la calidad presenta las fluctuaciones previsibles en función de las condiciones climáticas del año, pero no por extraños procesos de sobreexplotación, ni de exprimir hasta lo imposible el producto resultante.
