
¡Ay! El pan. No sé que manía le tienen los dietistas. Igual mi compañera Gabriela me lo puede explicar, pero es que no entiendo esa obsesión por alejarlo de nuestras vidas cuando ha sido, y es, parte esencial de nuestra dieta mediterránea. Vale que son carbohidratos, pero un poquito de por favor.
Y es que cuán tristes y solitarias serían nuestras comidas sin el pan. Imaginaos un mundo en el que no existiera el olor a pan tostado por la mañana, en el que tuviéramos que comernos el jamón serrano así, solo. Imaginaos no tener donde restregar un tomate maduro o dónde echar ese chorrito de aceite. Por no hablar de las comidas que no serían nada sin siquiera un churrusco de pan.
Qué sería del huevo frito, de la salsa de tomate, del juguito de la carne… sin pan con que mojarlos. Y, por ponernos en lo peor, cerrad los ojos y tratad de imaginar una fabada sin pan en la mesa; el infierno tiene que ser algo parecido.









