
El viña Meín es un buen ribeiro, y, aún consciente de la simpleza de la afirmación, no me queda muy lejos de la memoria aquellos ribeiros consumidos a granel en tazones opacos blancos donde apenas se pudieran determinar sus imperfecciones.
El camino del Ribeiro en busca de la calidad ha sido largo y tortuoso, el paso más importante, la concienciación de que a medio-largo plazo sería mucho más positivo sustituir las variedades de elevada producción y escasa calidad por otras, autóctonas que se habían ido perdiendo en la búsqueda de una mayor cantidad de producción en detrimento de una superior calidad. Salvado no sin dificultad este primer escollo, el resto se antojaba más fácil, máxime aún teniendo el espejo de Rias Baixas de cómo deben hacerse las cosas.
Si hay algo de lo que son conscientes los que entienden de vinos es que la sabiduría popular es enorme, si de siempre se han utilizado un tipo de cepas concretas en una zona determinada, ten por seguro que no ha sido por mero capricho, si no por condicionantes determinados que avalan la idoneidad de la utilización de dicho tipo de cepa y no de otro diferente. Por eso, el pulso actual está en buscar el equilibrio en lo que se hizo toda la vida, con el empleo de modernas técnicas de vinificación. El resultado, la calidad del vino ha aumentado de manera muy considerable en todo el territorio español, Y Ribeiro es uno de los ejemplos más esclarecedores de este hecho.
