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Comemos por la vista

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Comemos por la vista

Vista, olfato, oído, tacto y gusto, son nuestros sentidos y los cinco intervienen en el acto de comer. Pero a pesar de lo que pensamos el gusto y el olfato no son los actores principales en esta obra. Debemos tener en cuenta que nuestros ojos son unos de los protagonista principales.

Con el tiempo hemos entrenado a nuestros ojos para percibir cuando algo esta delicioso, es crujiente o caliente, incluso en ocasiones y aunque parezca increíble cuando es salado, dulce o ácido, y hemos aprendido a hacer estas distinciones incluso cuando el plato está fotografiado o aparece en una televisión.

Un estudio, de hace unos años, realizado por la Universidad de Wisconsin en Estados Unidos, llegó a la conclusión que la expectación que tengamos sobre un plato influye sobre las áreas de cerebro que determinan el gusto. Esta expectación llega a través de la vista y directamente nos modifica las áreas primarias del cerebro encargadas de procesar nuestra propia percepción del gusto. Por eso estamos más predispuestos a elejir un plato con buen aspecto, buen color y buena presentación, que otro menos vistoso. En gran parte se confirma lo que sabemos desde hace mucho tiempo comemos por la vista.

Esto significa que físicamente cuanto más bonito nos parezca un plato, mejor nos sabrá. Es muy complicado que nos llevemos a la boca algo que no nos resulte atractivo. Si queremos hacer un experimento para comprobar esto, podemos hacer gelatinas de distintos y familiares sabores, salsa de soja, alcachofas hervidas, salsa agridulce, fruta, etc., se las damos a probar a alguien, que no haya intervenido en el proceso de elaboración de las gelatinas, y le instamos a que nos vaya diciendo a que saben cada una de las gelatinas, podremos comprobar que le resulta mucho más difícil de lo que pensábamos.

Foto | Borya
En Directo al Paladar | El olfato y los recuerdos
En Directo al Paladar | Con los cinco sentidos: la lágrima del vino

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Con los cinco sentidos: la lágrima del vino

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lagrima
Pocas imágenes pueden resultar tan hipnóticas como ver deslizarse por las paredes de la copa con cadenciosa lentitud estas columnas dibujando relieves en el vídrio. Produce la misma placentera sensación que observar desde una cálida habitación como la lluvia y el frío azotan contra el cristal de la ventana.

Cuando hablamos de lágrimas en el vino, nos referimos a la marca que queda tintando las paredes de la copa cuando la agitamos haciendo que su contenido se eleve sobre el nivel que el propio líquido servido alcanza. Las líneas que el vino que tinta las paredes de la copa describe de manera descendiente se denominan lágrimas o piernas.

La presencia de la lágrima se debe a la fluidez del vino y se presenta con más intensidad cuanto mayor es ésta. Existe una relación directa entre la untuosidad del vino y la presencia en éste de diferentes alcoholes, siendo el etanol (el alcohol etílico) el más presente de ellos (un 90 y pico por ciento del total). Es por eso que parece correcto establecer un paralelismo entre la cantidad de alcohol que presenta el vino y la persistencia e intensidad de la lágrima.

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Con los cinco sentidos: el color del vino

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ojosniño
Por la vista recibimos la primera impresión que nos va a producir el vino, de ahí la importancia de esa primera referencia visual. No obstante, como ocurre en muchos aspectos de la vida, esa primera impresión puede no verse refrendada en el resto de fases de la cata, tanto para bien como para mal. Es por eso que esta primera fase debe ser considerada con matices, como una aproximación a la naturaleza del vino, pero en la que no podemos extraer certezas conclusiones definitivas si no, más bien, aproximaciones valorativas.

Las variables con las que un vino nos puede presentar su paleta de colores son variadas y de diferente naturaleza. Las principales podrían ser las comentadas en la siguiente relación:

Variedad: Las diferentes variedades de uva arrojan matices claramente diferenciados al vino, esos matices están condicionados por parámetros como el carácter genético, el valor de acidez que la uva pueda presentar o por la naturaleza específica de sus compuestos fenólicos (la tempranillo suele dar vinos más morados que la garnacha, que presenta un rojo más vivo).

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