Perdido en el sur del continente africano, Lesoto puede presumir de ser una rareza geográfica. Se trata de un pequeño país completamente rodeado por Sudáfrica y conocido como 'el reino en el cielo', pues es el único estado soberano independiente del mundo situado por completo por encima de los 1.000 metros. La vida allí no es fácil, especialmente para los pastores que viven en las zonas altas, a más de 2.400 metros de altitud.
Es el caso de Kabelo Mohai y Lepeli Maapesa, dos jóvenes pastores de cabras que cada día, al caer el sol, emprenden un dificultoso y largo camino hacia la Escuela Nocturna del Buen Pastor (Good Shepherd Night School) situada en el pueblo de Semonkong. Cada noche, acuden al centro más de 40 pastores de la región para recibir clases nocturnas, niños, adolescentes y jóvenes que han encontrado en este centro una segunda oportunidad de futuro.
Tal y como retrata el reportaje elaborado por Julie Bourdin y el fotoperiodista Tommy Trenchard para NPR, este peculiar peregrinaje diario en medio del agreste paisaje africano deja estampas bucólicas, con las figuras de estos pastores envueltas en mantas para protegerse del frío entre los colores que baña la puesta del sol en las montañas. Pero no ocultan la difícil realidad a la que se enfrenta la mayoría de la población local, donde la ganadería es pieza clave de su economía. Una gran mayoría de niños abandona la escuela incluso antes de cumplir los 10 años para hacerse cargo de los rebaños de cabras y ovejas de la familia.
La escuela fue fundada en 2003 en las instalaciones de un convento de las Hermanas del Buen Pastor de Quebec precisamente con el objetivo de ofrecer formación básica a trabajadores que quedaron fuera del sistema reglado. Actualmente cuenta con más de 40 alumnos con edades comprendidas entre los 15 y los 55 años, con clases nocturnas de dos horas de lunes a viernes, mientras los rebaños duermen. La mayoría de alumnos que llegaron no sabían ni leer ni escribir.
Las enseñanzas se centran en la alfabetización funcional y el cálculo básico, herramientas necesarias para que los ganaderos puedan gestionar la compraventa de animales, administrar sus ingresos y firmar contratos de trabajo sin intermediarios. “Empecé a trabajar con animales cuando tenía 9 años. Solo terminé la primaria”, cuenta Mohai, que tiene ahora 20 años. A los 15 ya se dedicaba al pastoreo por completo, y fue cuando se instaló a vivir en una cabaña en lo alto de las montañas junto al rebaño familiar de 155 animales.
Las cabañas o chozas salpican todo el paisaje de alta montaña de Lesoto, vivienda habitual de los pastores, que improvisan como pueden en su interior camas con ramas, piedras y mantas, y se alimentan con lo que pueden cocinar en una olla de hierro fundido. Aunque es una vida que aseguran tranquila, el clima extremo hace que sea un desafío con las nevadas de invierno y el intenso calor del verano.
La escuela no solo proporciona educación básica a los pastores, también evita el aislamiento y la pérdida de habilidades sociales de los más jóvenes. “Debido a la falta de habilidades sociales, no saben relacionarse con los demás”, explica Lisemelo Mosakeng, exdirectora de la Asociación de Lesotho para la Educación No Formal. “No saben cómo resolver los problemas de forma amistosa y a menudo recurren a la violencia. Esto es consecuencia directa de no permitir que los niños vayan a la escuela”.
Mohai era consciente de que el trabajo de casi 24 horas los 7 días de la semana le alejaba del contacto con otros seres humanos. Por eso decidió apuntarse a las clases cuando supo de la existencia de la escuela. “Voy a la escuela para mantener mi habilidad para leer y escribir. Quizás, en el futuro, me contraten en algún lugar”.
Tras dos horas de clase lectiva, los alumnos emprenden el camino de regreso en plena noche, ascendiendo de nuevo hacia sus refugios de montaña para reanudar el cuidado del ganado al amanecer.
Imágenes | African Report Files - Lesotho Council Of NGOs - Flickr/Arthur Chapman