
El año pasado visité con asiduidad el hospital, pues un familiar tuvo problemas de salud, y en algunos momentos tuve que acudir a las máquinas de vending a quitar el hambre que deja una larga espera en urgencias. El panorama era desolador, con sandwichs inenarrables ilustrados con unas salsas tan sospechosas por su color como por su sabor, y rellenos de unas lonchas de vaya usted a saber qué.
Entonces me hacía cruces pues no entendía que en un hospital se tuviera tan poco cuidado por la alimentación, agrupando en la entrada un ejército de máquinas expendedoras de comida insana y de nula calidad. Y me preguntaba si es tan difícil hacer las cosas bien, utilizar una lechuga comestible, un jamón agradable al paladar o un queso que no parezca una lámina de plástico. Por el precio que cobran por unidad debería serlo.
