Paco del Campo parece un entrañable abuelo cargado de sabiduría popular, pero no existe. Y, como él, decenas de creadores de contenidos generados con inteligencia artificial que, sin embargo, van mucho más allá de la viralidad de los mensajes.
Lo explica Miguel Ángel Lurueña, tecnólogo de alimentos y conocido por su labor divulgativa en el blog Gominolas de petróleo: "Estamos ante una producción de bulos a escala industrial". Vídeos de apariencia hiperrealista que, en cuestión de minutos u horas, se multiplican con mensajes controvertidos con intenciones del todo perniciosas.
No es ya monetizar las visualizaciones o el contenido, sino toda la tarea que puede haber detrás de difamar a empresas, sectores, la salud pública o las propias administraciones públicas.
Los perfiles se multiplican. Puede ser un adorable anciano, pero también una yogui moderna, un monje budista, un mormón valorando salmones o un musculoso entrenador hablándote de proteínas. La forma de comunicar se replica, repite y, sobre todo, aprovecha mensajes que otros ya han posicionado para seguir en esa senda.
Capaces de detectar los temas de salud que más interés despiertan, pueden, según Lurueña, "llamar nuestra atención y crear decenas de vídeos similares adaptados a diferentes tipos de público".
Quién y cómo está detrás es algo que se desconoce, lo que sí tiene claro Lurueña es que "nuestros ojos ya no bastan para distinguir la realidad de la ficción". Antes era notable ver cuándo algo era falso, ahora no, por eso insiste en que se afine el sentido crítico y "comprobar si tiene fundamento y si procede de una fuente fiable".
Lo cierto es que, más allá de alimentar bulos o de difundir información falsa o sesgada, suponen un riesgo para cualquier grupo poblacional, especialmente los más vulnerables, que pueden dar por válidos algunos de estos postulados sin contrastarlos.
Evidentemente, se genera un efecto rebote –viralizado por compartir los contenidos– donde conviene no darles bola y no seguir interactuando con ellos, ni para criticarlos ni para pretender burlarse porque esas interacciones siguen multiplicando sus visitas, su engagement y todo el ruido que genera alrededor de ellos, favoreciendo que el algoritmo, al ver movimiento de contenidos y de visualizaciones, lo siga elevando.