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El vino no es blanco ni tinto, ni tiene color

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El otro día, el amigo Pepekitchen me contaba sobre los vinos que tomaron en la Venta Lanada, en Málaga.

Me decía que les habían servido lo que se llama en la zona "vinos de monte": un moscatel de la Axarquia, ligeramente dulce, muy aromático; y un clarete que elabora el dueño de la venta y que a nuestro amigo le había gustado mucho.

¡Ahh, un clarete! ¡Pásame una foto, hombre! Y aquí la podéis ver.

Y es que, aunque parezca mentira, no todos los vinos son tintos.

Esto, que parece un obviedad, se olvida fácilmente. ¿Cuántos de ustedes, amigos lectores, al pensar en vinos de calidad piensan en blancos, o en rosados? Y no digamos en los claretes...

El tintocentrismo en el mundo de hoy es evidente.

Las tendencias actuales de mercado marcan el color que el vino debe tener. Los topes de gama deben ser vinos tintos, más que tintos: retintos, oscuros, negros como el pecado (que dice un amigo mío). Negros de capas impenetrables para los tintos; palidez y transparencia para los blancos; rubís intensos y brillantes para los rosados.

No hay lugar para las capas medias, los rubís claros, el rojo, los tejas. Nada. Los dorados en los blancos se destierran: se ocultan en botella verde o marrón; se afeitan las manzanillas. Los tonos ocres en rosados afean el conjunto. Un vino debe ser brillante, siempre brillante, sino, no luce en la estantería.

Pero no siempre ha sido así, y afortunadamente quedan aún muchas excepciones.

Un ejemplo curioso para ilustrar este tema lo encontramos en los llamados claretes del Médoc. El término claret para referirse a los vinos tintos de esa zona bordelesa la acuñaron los importadores ingleses a partir del siglo XVII. La palabra hacía referencia, por supuesto, a su baja pigmentación. Así, el mercado británico los distinguía de los vinos más oscuros procedentes de la península ibérica o itálica; o de sus hermanos de mayor prensa y maceración más prolongada, que eran considerados de calidad inferior.

Mucho más tarde, en 1858, Don Camilo Hurtado de Amézaga, el entonces Marqués de Riscal, recibe el encargo de la diputación foral de Alava, de contratar un enólogo bordelés para iniciar a los cosecheros de la zona en las técnicas utilizadas en el Médoc, y elaborar vinos a semejanza de sus famosos claretes. Nace así la Rioja. Ustedes ya saben como continua la historia...

Poco queda de aquellos claretes. Ni aquí, ni el Médoc.

Perdemos diversidad. Sin duda, una lástima.

En Directo al Paladar | Venta Lanada. Restaurante tradicional desde 1924 En Directo al Paladar | M. Chapoutier Les Estubiers Rosé 2005

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