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Manuel Raventós es, a primera vista, un hombre sencillo, de gesto franco y trato amable. Pero, como lo cortés no quita lo valiente, en sus palabras se adivina la tenacidad y perseverancia que imprime a sus proyectos.
Y se ha empeñado en hacer cava de calidad.
Se ha empeñado en desvincular el cava del mundo de la fiesta loca, de la burbuja fácil, del confeti, de las producciones masivas y de la competencia desmesurada en un mercado que lucha por introducir millones de botellas al precio más barato en países con poca cultura vinícola que tratan al producto como un sucedáneo sureño del champagne.
Y para que esto ocurra, Manuel Raventós sabe que el mundo del cava no puede continuar por el camino seguido hasta ahora. Altos rendimientos, cosechas mecanizadas, vinificaciones homogeneizantes sin respeto a la parcela, a la edad de la viña, a la añada, al terroir.
Sabe que un buen vino se empieza a hacer en el campo, en la parcela. Y por eso cuida en extremo sus 90 hectáreas de bosques y viñas excelentemente situadas en el corazón del Penedès, en Sant Sadurní d’Anoia. Viñedo, por cierto, que antaño fuera la joya de la corona de Codorniu y que heredó de su padre Josep María Raventós pocos años después de fundar la nueva bodega con la que se desligaban del gigante empresarial, sin tierras desde entonces en el Penedès.
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