La diferencia entre casero y chapucero: qué elementos debes controlar antes de lanzarte a pintar tu mismo muebles o puertas

Pintar muebles o puertas parece un proyecto fácil, hasta que aparecen las burbujas, el desconchón o el color que no era

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Joana Costa

Editor

El universo del hazlo tú mismo está lleno de buenas intenciones y resultados cuestionables, como el dela cerámica artesanal. Pintar un mueble viejo o renovar una puerta puede parecer terapéutico, incluso artístico. Pero el entusiasmo inicial se evapora rápido cuando el esmalte no agarra, el acabado queda rugoso o, peor, la pintura empieza a caerse al tercer día.

Pocas actividades combinan tanta falsa sensación de control con tanto margen de error. Y la razón es sencilla: todo parece fácil hasta que uno lo intenta. La brocha se escurre, la superficie no responde, y el color que parecía neutro en la tienda ahora luce sospechosamente verdoso. La clave, como siempre, está en los pasos previos y en la planificación.

El primer error habitual es subestimar la preparación. No basta con pasar un trapo y abrir la lata. Cada tipo de superficie –ya sea madera maciza, aglomerado, melamina o chapa– exige un tratamiento distinto. Algunos materiales necesitan lijado intensivo, otros imprimación específica, y todos una limpieza profunda para eliminar residuos invisibles.

Siempre lija

La lija no es opcional. Es el equivalente al calentamiento antes del ejercicio. Lijar permite que la pintura se adhiera, que la superficie respire, que el acabado sea uniforme. Saltarse este paso es como pintar sobre polvo: técnicamente posible, estéticamente fallido. Y, en muchos casos, absolutamente reversible en el peor sentido.

El tipo de pintura importa más de lo que parece. No todo vale para todo. La acrílica es fácil de usar, pero puede ser frágil en superficies expuestas. La sintética dura más, pero requiere más ventilación y paciencia. El acabado (mate, satinado, brillante) no es solo una elección estética: también define la resistencia al uso y al desgaste diario.

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Uno más uno no son dos

Luego está el asunto de las capas. Una capa gruesa no sustituye a dos finas. Pintar demasiado rápido o con demasiada pintura es el error más común y más caro. El resultado son gotas, burbujas, marcas de brocha y una textura que recuerda más a una corteza que a un mueble. El truco es esperar y repetir.

La brocha o el rodillo tampoco son detalles menores. Un mal pincel puede arruinar el mejor producto. Las cerdas sintéticas, los mangos ergonómicos y los rodillos de espuma fina no son lujos, son inversiones mínimas para un resultado decente. También ayuda saber que no todos los movimientos sirven: hay que pintar con trazos uniformes, sin ir y venir como si se tratara de limpiar una ventana sucia.

Por último, el secado. Otro paso subestimado. No basta con “que esté seco al tacto”. El curado de la pintura puede tardar días. Y mover, colocar objetos o cerrar puertas demasiado pronto es receta segura para rayones, marcas o pegotes permanentes. La paciencia, en este proceso, no es una virtud: es una condición necesaria.

Pintar puede ser una actividad gratificante, pero lo es en realidad solo si se respetan estos mínimos pasos técnicos. De lo contrario, lo que prometía ser una mejora estética termina como un recordatorio visual diario de lo mal que se planificó el fin de semana.

Foto| Freepik y Ksenia Chernaya

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