Jon Paul Young cantaba hace más de dos décadas aquello de Love is in the Air, que hoy nos permitimos ajustar, de manera prosaica, a Plastic is everywhere, es decir: "El plástico está en todas partes".
Y ese todas partes, tras las primeras semanas después del ataque de Estados Unidos a Irán y las consecuencias inmediatas que ha tenido sobre la navegación en el estrecho de Ormuz han convertido al Golfo Pérsico en un cuello de botella de consecuencias globales.
Por ese estrecho pasa aproximadamente el 25% del tráfico petrolero mundial y era cuestión de tiempo que su cierre efectivo —con Irán amenazando con atacar cualquier buque que intentara cruzarlo, y cumpliéndolo— disparara los precios de la energía en buena parte del planeta.
El precio del barril Brent, referencia para el mercado europeo, ya está por encima de los 100 dólares, una cifra impensable hace un año. Pero lo que quizás no teníamos tan presente, o lo que no nos detuvimos a pensar con la suficiente claridad, es que el ser humano necesita el petróleo para muchísimas más cosas que mover coches o calentar hogares. Y una de las más cotidianas, de las más invisibles precisamente por su omnipresencia, es el plástico.
Abrimos el frigorífico y está ahí. Compramos pan, arroz, carne, pescado, lácteos o cereales, y está ahí. Cogemos una botella de agua está ahí; usamos un guante en el supermercado para llevarnos una manzanas y está ahí; pillamos un paquete de pañales y está ahí; vamos a por nuestro detergente líquido y está ahí; enganchamos un par de pizzas y está ahí…
El plástico está en todas partes… Y pasa por un mismo sitio
Se estima que el 40% de todo el plástico que se produce en el mundo y sus envases está destinado a la industria alimentaria. No es un sector que use plástico: es un sector que, en la práctica, no puede funcionar sin él.
Y ese plástico, el polietileno de las bolsas, el polipropileno de los envases, la nafta que sirve de materia prima para fabricarlos, viene en una proporción decisiva de Oriente Medio.
Se calcula que entre el 4% y el 8% de todo el petróleo y gas que se extrae en el mundo se destina a producir plásticos. Y la gran mayoría de la capacidad de producción de polietileno de Oriente Medio, junto con las exportaciones de otros insumos clave como el metanol, el etilenglicol o el polipropileno, depende precisamente del estrecho que ahora está, en la práctica, cerrado.
Los analistas de materias primas ya están viendo cómo los precios de los plásticos en Asia suben con rapidez. Muchas empresas de la región han declarado fuerza mayor —el mecanismo legal que les permite pausar o reducir el suministro sin penalización— porque no tienen suficiente combustible para mantener en marcha sus instalaciones.
Entre ellas figuran nombres como Qatar Energy, Shell, Wanhua Chemical o Zhejiang Petrochemical Corp, entre otras. La razón es sencilla: la mayor parte de la nafta que llega a Asia por mar proviene del Golfo Pérsico, y ese flujo se ha cortado de golpe.
Pero sería un error pensar que esto es un problema asiático, a pesar de que es el continente más golpeado por este cambio, ya que es el más dependiente del petróleo de Oriente Medio.
El factor añadido del precio del combustible en la producción
Las disrupciones en las cadenas globales de suministro no entienden de fronteras, y cualquier industria alimentaria del mundo —incluida la europea— va a sentir el impacto, ya sea por la escasez de materia prima o por el encarecimiento de los envases que necesita para operar.
La crisis del packaging es solo la punta del iceberg. El vidrio —también muy utilizado en bebidas alcohólicas como cerveza, vino o destilados— es altamente intensivo en energía, y sus precios ya están subiendo.
A ello se suman el encarecimiento del transporte, el aumento de los seguros de fletes y los plazos de entrega más largos. Lo que en un principio parecía un conflicto geopolítico lejano se convierte, visto así, en un problema muy concreto: el precio de lo que ponemos en la mesa.
Frente a este escenario, la pregunta que muchos se hacen es si no será este el momento de acelerar de una vez la transición hacia materiales alternativos al plástico. Y aquí es donde la crisis revela algo incómodo: no es que no supiéramos que dependíamos demasiado del petróleo para envasar nuestra comida. Lo sabíamos. Lo llevamos años sabiendo. Ahora queda ver cuánto va a afectar a nuestro bolsillo una vez más.
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