Durante años, el minimalismo y el anodino estilo nórdico ha dominado interiores: líneas limpias, tonos neutros y la promesa de que menos siempre era más. Pero algo se ha movido. Las casas empiezan a cambiar de registro y a dejar espacio a una estética más expresiva, menos contenida y, sobre todo, más personal.
En ese cambio aparece el llamado estilo whimsical, una tendencia que apuesta por recuperar el lado más imaginativo del hogar. No se trata de decorar como un niño, sino de rescatar esa mirada menos rígida: colores más vivos, formas irregulares y objetos que no siempre responden a la lógica funcional.
Esta corriente conecta especialmente con la Generación Z, que se aleja de los espacios excesivamente pulidos para crear ambientes más emocionales y mucho más coloristas. El objetivo no es impresionar, sino sentirse bien dentro de casa.
Decoración juguetona y creativa
El concepto no es nuevo, pero sí su enfoque. La palabra whimsy ya se utilizaba en el siglo XVI para describir algo caprichoso o fantasioso. Hoy se reinterpreta como una forma de introducir juego, creatividad y cierta ligereza en la vida cotidiana a través del diseño.
En la práctica, esto se traduce en interiores donde conviven lámparas con formas inesperadas, textiles coloridos, muebles con curvas o pequeños objetos que parecen sacados de un cuento. No hay una regla fija, y esa es precisamente la gracia: todo vale si tiene sentido para quien habita el espacio, como en Alicia en el país de las maravillas.
El auge de esta estética también se relaciona con el contexto actual. Frente a entornos digitales cada vez más homogéneos o a la saturación visual de ciertos contenidos, esta tendencia propone una especie de refugio más humano, más imperfecto y menos previsible, también mucho más particular y personalizado.
Además, conecta con conceptos que llevan tiempo circulando, como el kidulting relacionado con el interés de los adultos por objetos asociados a la infancia o incliso la idea de cuidar el niño interior de cada uno de nosotros, no desde la nostalgia, sino como una forma de recuperar creatividad y espontaneidad.
Lejos de exigir grandes presupuestos, el estilo se construye con pequeños gestos: mezclar piezas sin miedo, introducir color o rescatar objetos con valor personal. Es menos una cuestión de comprar y más de reinterpretar lo que ya se tiene.
En el fondo, el cambio es más profundo de lo que parece. La casa deja de ser solo un espacio ordenado para convertirse en un lugar que también divierte, sorprende y acompaña. Y en tiempos en los que todo tiende a lo uniforme, ese punto de fantasía empieza a ganar terreno.
Fotos: En Pexels: Imad Clicks, Max Vakhtbovych, Imad Clicks y Swaroop Vilas.
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