La isla de Looe es un pequeño paraíso natural de nueve hectáreas situado a una milla de distancia de la ciudad de Looe, en Cornualles, en el extremo suroccidental de Inglaterra. A diferencia de su homónima continental, que suele estar a rebosar de turistas y visitantes, la isla es un remanso de paz gracias a su declaración como reserva marina protegida. Y todo gracias a dos hermanas.
Utilizada a menudo por los contrabandistas entre los siglos XVII y XVIII, la isla de Looe ha estado habitada esporádicamente con pequeños asentamientos gracias a la cercanía de la costa británica y la actividad cristiana que trató de convertirla en lugar de peregrinaje en base a la leyenda de que el niño Jesús había visitado la isla con su tío, José de Arimatea. Pero no fue hasta mediados del siglo XX cuando la también conocida como isla de San Jorge cobró verdadero protagonismo.
Fue en 1965 cuando las hermanas Roselyn «Babs» Atkins y Evelyn «Attie» Atkins invirtieron sus ahorros en cumplir un sueño muy particular, poner en práctica una especie de experimento vital basado en sus propias experiencias viviendo en la isla.
Así, se hicieron con la propiedad exclusiva de la isla pagando 25.000 libras, equivalentes a unas 525.000 libras actuales (unos 614.700 euros), y plasmaron sus vivencias en dos libros, We Bought An Island y su secuela Tales From Our Cornish Island. Su vida conjunta no comenzaría realmente hasta casi once años después, pues Babs esperó a jubilarse para poder instalarse de forma permanente, aunque sí acudía cada fin de semana para ayudar a su hermana en la construcción de la finca donde pasarían las últimas décadas de su vida. Evelyn murió en 1997 a la edad de 87 años; Babs continuó viviendo en la isla hasta su muerte en 2004, con 86 años.
Las hermanas legaron la isla a la tutela de la organización Cornwall Wildlife Trust, estableciendo como condición que fuera declarada reserva natural marina protegida a perpetuidad. Y así permanece hasta el día de hoy.
La isla de Looe solo está habitada por dos guardias de la organización, aunque recibe ocasionales visitas de naturistas, excursionistas y algún que otro turista que busca la calma de un islote que casi parece desierto y aislado del mundo. Desierto de vida humana, pero no de vida silvestre.
La pareja de guardias encargada de cuidar de esta reserva se dedica a vigilar y hacer seguimiento de las especies animales y vegetales que forman su pequeño pero muy nutrido ecosistema, informando regularmente a diversas asociaciones y grupos de investigación de la naturaleza. También regulan la llegada de visitantes, muy controlada y limitada en pequeños grupos para minimizar el impacto humano.
Aunque pequeña, la isla de Looe es un crisol de biodiversidad gracias a su variedad geográfica, formada por pequeños bosques, pastizales marítimos, arenales, suelos de guijarros y arrecifes rocosos. Es lugar de anidamiento de numerosas aves marinas, destacando la presencia de cormoranes y gaviotas de espalda negra, y también alberga una gran comunidad de focas. La energía que se utiliza proviene de paneles solares y turbinas eólicas, elaboran compost y se mantiene un fértil huerto donde incluso florecen cultivos tropicales como el kiwi.
El objetivo es mantener la isla como lo que concibieron las hermanas, un santuario para la vida marina y costera donde la biodiversidad pueda prosperar con la mínima intervención humana.
Imágenes | Flickr/Jon Lean - Verrant James
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