A las afueras del centro de Melide, junto al trazado del Camino de Santiago, D’Obra no tiene de entrada el aspecto de un restaurantes a los haya que viajar expresamente. El local es antiguo, la sala interior es pequeña y bastante sobria, y la cocina en la que trabaja el equipo tampoco permite grandes alardes de infraestructura. Pero basta cruzar el jardín de acceso, con sus mesas de madera sobre el césped y la zona cubierta abierta hacia el exterior, para entender parte de su atractivo: es un restaurante informal en la forma, muy cómodo en los meses de buen tiempo, que propone una cocina bastante más precisa y ambiciosa de lo que podría hacer pensar.
El cocinero se llama Andrés Torreiro, tiene 28 años y, antes de volver a su localidad natal para abrir D’Obra, pasó por cocinas como Mugaritz, donde trabajó durante tres años, Culler de Pau y Nado, en A Coruña. De ahí no ha traído una cocina apabullante ni una colección de técnicas para exhibir, sino una manera de trabajar el producto con cuidado, de usar las verduras como algo más que guarnición y de construir platos de sabor claro y con matices.
D’Obra es, además, un proyecto pensado con los pies en la tierra. Torreiro lo comparte con su madre Marybel, socia al 50%, y ha tenido que adaptar su propuesta a una localidad atravesada cada día por peregrinos con horarios, necesidades y presupuestos muy distintos de los de una mesa gastronómica convencional. Hasta hace poco, la casa diferenciaba entre una oferta más sencilla de bocadillos y raciones por la mañana, dirigida sobre todo a quienes recorrían el Camino, y una carta más elaborada a partir de las 13.30 horas. Ahora ha simplificado el modelo: la carta está disponible desde el comienzo del servicio y, desde las 13.30, se puede escoger también un menú degustación.
Lubina para dos.
Un menú de precio contenido que no parece construido con recortes
El menú degustación cuesta 38 euros y se organiza en torno a un aperitivo, dos entrantes, un pase de pescado, otro de carne y un postre. Es una cifra especialmente competitiva para el nivel de elaboración y producto que aparece en mesa, pero no se sostiene a base de trucos ni de sustituciones que dejen al comensal con la sensación de haber pagado una promesa. La clave está en una compra bien planteada y en saber repartir el protagonismo.
Torreiro se abastece directamente en la lonja de Ribeira, una forma de trabajar que aprendió durante su paso por Nado junto a Iván Domínguez. Hay pescados y mariscos, siempre según lo que ofrezca la lonja y lo que encaje con los precios de D’Obra.
Zanahorias braseadas con salsa de queso y pesto.
Las verduras son, sin embargo, uno de los rasgos más interesantes de la casa. Las zanahorias braseadas, por ejemplo, se presentan con una salsa de queso, pesto y pimientos fritos. Es un plato de apariencia sencilla, que gracias a la cocción precisa y a la combinación de grasa, dulzor y frescor hace que la zanahoria no parezca una alternativa menor. Los puerros asados, acompañados de holandesa y avellana, van en la misma dirección: un producto reconocible y una salsa que suma sin ocultar.
Puerro con holandesa y avellana.
No es una cocina vegetal por discurso ni por obligación: las verduras están ahí porque funcionan y porque permiten construir un menú variado, coherente y asumible sin rebajar la exigencia. Ese equilibrio resulta más inteligente que la acumulación de ingredientes caros que luego acaba repercutiendo en una cuenta difícil de justificar.
Brasa, salsas y sabores que no se quedan en lo evidente
Una parte importante de la cocina se articula alrededor del kamado: la brasa aporta profundidad, textura y un ligero toque ahumado cuando conviene. Después entran las salsas, uno de los elementos que mejor definen la manera de cocinar de Torreiro.
Son salsas bien trabajadas, con grasa suficiente para vehicular los sabores y dar amplitud al plato, pero sin esa contundencia que convierte demasiadas propuestas actuales en una sucesión de bocados pesados. En D’Obra hay fondo, pero también acidez, hierbas, encurtidos y notas aromáticas que aligeran cada conjunto.
Mejillones en escabeche.
Los mejillones en escabeche lo explican bien. El jengibre que aparece en la elaboración no procede de una voluntad de exotizar el plato, sino de un recuerdo doméstico: la abuela materna del cocinero, francesa, añadía comino y jengibre a sus escabeches. Es una combinación poco habitual en Galicia, pero encaja porque amplía el registro del plato sin borrar su identidad.
Pulpo con melocotón a la parrilla y salsa tom ka.
El pulpo a la parrilla, servido con un caldo de leche de coco, es otro ejemplo de esa forma de incorporar referencias sin forzarlas. Torreiro se enamoró en Tailandia del tom kha kai, la sopa de coco y pollo aromatizada con galanga y lemongrass, y traslada parte de ese perfil al plato. El resultado no intenta convertir el pulpo gallego en una receta tailandesa: conserva su punto salino, ligeramente dulce y marcado por la parrilla, mientras el coco aporta frescor, perfume y un picante apenas insinuado.
Son detalles que hacen que la cocina tenga identidad. Nada resulta particularmente rebuscado al leer la carta, pero cada plato guarda un giro que lo separa de una simple suma de buen producto y buena técnica.
Carrillera
Comer bien en Melide, sin ceremonia innecesaria
La sala está en manos de Angelly Rivas y Samuel Rodríguez, que hacen que el servicio acompañe, sin invadirla, a una cocina que merece atención. Rodríguez es además responsable de los vinos: la carta dialoga con los platos e incluye referencias de Jerez, poco habituales en un local de este formato y especialmente adecuadas para acompañar varios pases.
D’Obra no es -al menos por ahora- un restaurante de sala con manteles impecables y coreografía de alta gastronomía. El servicio es cercano y el ambiente cambia con las horas y con el paso de los peregrinos por delante de la puerta. La zona intermedia, cubierta pero abierta al jardín, permite comer con una sensación casi de merendero cuidado; dentro, la experiencia es más sobria y directa.
Este es el aspecto actual del acceso a D'Obra.
El espacio, además, tiene carácter provisional. Hay un proyecto de reforma ya preparado que transformará el local durante los próximos meses. Conviene saberlo porque la cocina está hoy claramente por delante de la apariencia del restaurante, aunque el jardín le da al conjunto una atmósfera muy agradable. También porque D’Obra parece estar en una fase especialmente interesante: ya funciona bien, ya tiene una voz propia y todavía conserva la energía de un proyecto que está ajustando su forma definitiva.
El coulant de chocolate de D'Obra.
Incluso el postre evita el desenlace previsible. El coulant de chocolate es un buen ejemplo: un clásico que demasiadas veces llega a la mesa con textura de harina cruda. Aquí el chocolate tiene presencia y la harina de castaña añade profundidad, suaviza su amargor y le da un punto más complejo.
D’Obra demuestra que una cocina ambiciosa no necesita una escenografía lujosa para resultar memorable. Andrés Torreiro trabaja con una escala pequeña, una carta razonable y un menú que cuesta 38 euros, pero no transmite en ningún momento la sensación de estar haciendo menos de lo que le gustaría. Al contrario: aquí se come la cocina de alguien que sabe elegir dónde poner el esfuerzo, que entiende las limitaciones de su negocio y que las utiliza a su favor para afinar. Para quien recorra el Camino o esté por la Galicia central, es una parada que merece hacerse con tiempo.
La carta de verano de D'Obra
D'Obra
- Dónde: Rua Camiño Vello de Santiago, 15, 15800 Melide (A Coruña)
- Precio medio: precio medio 40€, menú degustación 38€.
- Horarios: cierra lunes y las noches de domingos y jueves.
- Reservas: 638 887 349 y en su página web.
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