En la nave industrial de La Cartuja de Sevilla (fundada en 1841) no hay estruendo. Las maquinarias funcionan a ritmo pausado pero sin descanso. Los trabajadores se concentran en sus labores, que en algunos casos apenas han cambiado en décadas.
La planta ocupa más de 16.000 metros cuadrados. Y como nos cuenta Antonio, uno de los más veteranos, aquí llegaron a trabajar 300 personas. Hoy son 49. Entre unas cifras y otras hay décadas de historia, pero también un hito muy reciente. La fábrica cerró en 2025 y apenas hace unos meses volvió a producir bajo una nueva propiedad. Ahora, las piezas vuelven a recorrer el camino desde el molde hasta la última inspección antes de salir de la fábrica.
Carmen Granja, directora en esta nueva etapa de La Cartuja de Sevilla, recuerda bien como fue aquel primer día en el mes de abril cuando entraron por primera vez: máquinas paradas, falta de mantenimiento y hasta zonas ocupadas por palomas.
Durante esas primeras semanas hubo que limpiar, reparar y volver a poner en marcha los equipos. Pero el reto no consistía en levantar una nueva fábrica. Sino todo lo contrario: hacer funcionar otra vez la que ya existía sin renunciar a aquello que la hacía diferente.
Carmen Granja, directora general de La Cartuja en esta nueva etapa
Antes de la arcilla está el molde
Y el recorrido de una vajilla no empieza con la arcilla. Empieza con escayola.
Antes de fabricar cada pieza hay que preparar el molde. Para ello se parte de matrices, algunas realmente antiguas. Por ejemplo, uno de los platos de la colección Aurora llegó a La Cartuja en 1841. Han cambiado las técnicas para reproducirla, pasando de la madera a la escayola, pero la forma sigue siendo prácticamente la misma.
Pero recuperar una fábrica no consiste solamente en conservar matrices o reparar vieja maquinaria. También significa conservar conocimientos que necesitan meses o años para aprenderse.
@directopaladar Visitamos la histórica fábrica de vajillas La Cartuja de Sevilla @La Cartuja de Sevilla Nació en 1841, cerró en 2025 y ahora ha vuelto a resurgir, manteniendo su esencia y todo lo que la hizo distinta. #artesanía #LaCartujaDeSevilla #directoalpaladar
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Hablamos con Antonio que empezó a trabajar aquí en 1979 y está próximo a jubilarse. Ahora trabajo junto a un profesional más joven, escultor procedente de la industria cerámica que aprende los detalles y seguirá sus pasos.
Cuando le preguntamos cómo recuerda el regreso a la fábrica tras el cierre responde emocionado: “Fue lo máximo”.
Como él, parte de la plantilla actual procede de la anterior etapa y también han regresado antiguos trabajadores. Su experiencia resulta importante en tareas que difícilmente pueden recuperase simplemente consultando un manual.
El encargado de los moldes, el primer paso de creación de las vajillas
Un archivo dentro de la fábrica
El recorrido nos lleva a detenernos en el estudio artístico. El espacio conserva herramientas, moldes y piezas acumulados durante décadas. Carmen Granja lo resume así: “Lo bonito de esta marca es que tiene tantas historias. Es como un tesoro”.
Y es literal. Durante la recuperación de las instalaciones fueron apareciendo objetos que ni siquiera sabían que continuaban allí. Entre ellos, diseños, piezas singulares y hasta el molde del conocido tirador de cerveza Cruzcampo que durante años pudo verse en numerosos bares.
Entre sus piezas conservadas se encuentra el molde original de los tiradores de cerveza de Cruzcampo
La materia prima
Volvemos al proceso de producción. Ahora sí aparece la auténtica materia prima: la arcilla.
No todas las piezas se fabrican igual. Para platos y piezas planas se utiliza pasta cerámica sobre moldes con ayuda de maquinaria. Para piezas huecas, como jarras o soperas, la arcilla se trabaja líquida.
Después vuelven a intervenir las manos. Hay que eliminar rebabas, unir las asas de las tazas y repasar cada pieza. Operaciones pequeñas, repetitivas y necesarias.
En la actualidad, de la fábrica salen 700 piezas diarias. Su objetivo es alcanzar las mil antes de terminar el año.
Tras el necesario secado es el momento de la primera cocción. Las piezas permanecen 24 horas en un horno a algo más de 1.100 grados. Al salir, ya tienen consistencia. Es lo que en cerámica se conoce como bizcocho: la forma está definida pero la pieza continúa blanca, sin decoración ni el acabado definitivo.
Piezas preparadas para entrar en el horno
Un sello, pieza por pieza
Antes de continuar el proceso, aparece otro pequeño gesto muy importante. El sello de La Cartuja sigue colocándose manualmente. La trabajadora encargada coge cada pieza, estampa el sello y pasa a la siguiente. Una, otra y otra. Entonces, nos enseña un detalle inesperado: lleva ese mismo sello tatuado en su cuello. Ese tatuaje cuenta mejor que cualquier discurso la relación que algunos trabajadores mantienen con una fábrica en la que llevan buena parte de su vida.
Después llega la decoración. Otro proceso más que requiere máxima precisión. Y cualquier mínima imperfección, se corrige con pigmento y pincel antes de volver al circuito de producción.
Cada pieza se repasa con pigmentos y pincel para retocar cualquier mínima imperfección en el proceso de decoración
Un baño de esmalte, también a mano
Es momento para uno de los procesos más llamativos. En una industria en la que el esmaltado suele automatizarse, aquí cada plato y taza se sumerge completamente, una a una, en el baño de esmalte. Las manos vuelven a intervenir para introducirlas, extraerlas y prepararlas antes de pasar a un segundo horneado. Tras siete horas, termina de fijarse el acabado.
Después moldes, repasos, hornos, decoración y esmalte, todas las piezas terminan en una mesa. Una trabajadora las examina una por una y determina cuáles cumplen los requisitos para salir como primera calidad.
Solo entonces se protegen, se embalan y quedan listas para abandonar la fábrica.
Una vez finalizadas, se repasan una a una en el último control de calidad
Volver a las mesas
Cuando visitamos la fábrica, la nueva tienda situada junto a las instalaciones estaba prácticamente terminada y su apertura era inminente.
Aunque la venta online ya está funcionando, esta nueva tienda servirá para conocer de primera mano sus colecciones más reconocibles: Aurora, Bellavista… además de otras piezas decorativas que completan el amplio catálogo.
Y Carmen plantea un objetivo bastante más cotidiano: “Tenemos que quitarle a la gente de la cabeza que saque la vajilla solo en Navidad”.
Habla de utilizar estas piezas diariamente, de combinar decoraciones tradicionales con vajilla blanca e incluso de mezclar distintas colecciones.
El sello se coloca uno a uno manualmente
Después de recorrer todo el proceso, resulta difícil mirar uno de estos platos exactamente igual que al entrar.
La Cartuja de Sevilla ha conseguido volver a fabricar conservando moldes, máquinas y conocimientos que estuvieron a punto de dejar de utilizarse. El siguiente reto parece más sencillo: conseguir que todo esto vuelva a las mesas sin esperar a ocasiones especiales.
Imágenes | Jesús León
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