
A veces lo imprevisto guarda muy buenas sorpresas. Los planes estaban muy atados, pero al intentar abrir la puerta del restaurante escogido para una relajada comida de fin de semana, esta estaba cerrada a cal y canto. Para un día que no hago reserva, refunfuñé por dentro, así que nos pusimos a pensar dónde podríamos comer, y zigzagueando por la Castellana llegamos al asador Gaztelu, del que unos grandes amigos nos habían dado muy buenas referencias.
Los donostiarras somos dados a la nostalgia parda cuando estamos fuera de nuestra ciudad, incluso existe una palabra que cataloga toda una batería de sentimientos respecto a la Bella Easo: el ñoñostiarrismo. Fue traspasar la puerta y sentir una buena ráfaga de recuerdos al oír la palabra zurito. Ese trago corto de cerveza que se sirve en las tabernas vascas corría por la barra del asador. Y yo tan contenta. Una vez en el comedor, dos grandes fotografías, una de mi querido monte Igeldo, y una instantánea de la ciudad terminaron de hacerme sentir como en casa.

