Vivimos en una paradoja: cada año se producen más calorías per cápita, pero siguen habiendo escasez alimentaria en todo el mundo. Lo advierte Elizabeth J. Z. Robinson, directora del Instituto de Investigación Grantham sobre Cambio Climático y Medio Ambiente, economista experta en cuestiones ambientales. Y lanza un mensaje contundente: “Se necesitan cambios sistémicos en toda la cadena de suministro agroalimentario, desde lo que cultivamos y cómo lo hacemos, hasta lo que comemos”.
Son declaraciones que expone en un artículo de opinión publicado recientemente en la revista médica The BMJ (British Medical Journal), en un especial dedicado a los problemas climáticos. La experta argumenta la necesidad de una transformación en nuestra forma de producir y consumir alimentos para atajar la escasez ante los retos que plantean tanto el cambio climático, como los conflictos bélicos. Y los ejemplos más recientes los tenemos con la guerra de Ucrania y de Irán.
La autora subraya que un conflicto armado afecta a todas las dimensiones de la seguridad alimentaria, desde el abandono de tierras y el desplazamiento de población, a la restricción de acceso a mercados y el encarecimiento de productos básicos. Según datos del Informe Mundial sobre Crisis Alimentarias 2026 de la FAO y el PMA, se prevé que la inseguridad alimentaria aguda aumente en 13 países y territorios; de ellos, 12 sufren conflictos armados y violencia. Además se alerta de un riesgo inminente de hambruna en Sudán, Sudán del Sur, la Franja de Gaza y Somalia.
Además, los conflictos armados localizados tienen un impacto global masivo. La invasión de Rusia a Ucrania, 'el granero de Europa', interrumpió repentinamente el mercado mundial de trigo, maíz, cebada y aceite de girasol. Paralelamente, los conflictos que afectan a rutas marítimas como el Estrecho de Ormuz impactan en los precios de la energía y los fertilizantes, lo que condiciona de forma directa las futuras cosechas en países que dependen de estos insumos. Y provoca un aumento de los precios para consumidores que se creen ajenos a esos conflictos.
Además, Robinson señala una alta concentración de la dependencia agrícola mundial, lo que anula la resiliencia del sistema y lo vuelve muy vulnerable. “Solo tres cultivos (arroz, trigo y maíz) proporcionan más del 40 % de las calorías alimentarias mundiales”, y añade que cuatro quintas partes (80 %) del mercado internacional de maíz son abastecidas por tan solo cinco países.
Todo ello en un marco en el que el cambio climático no hace más que complicar tanto la producción de alimentos como los propios conflictos bélicos. Se estima que en 2023 hubo 123,7 millones más de personas que sufrieron inseguridad alimentaria moderada o grave a causa de la mayor frecuencia de olas de calor y sequía, en comparación con el periodo 1981-2010.
Por tanto, para lograr un sistema agroalimentario resiliente, Robinson expone la necesidad urgente de intervenir en el sistema global, y no aportar solo soluciones de emergencia puntuales.
El sector agroalimentario representa casi un tercio de las emisiones globales, por lo que para reducirlas sin comprometer la alimentación de una población creciente, la ciencia apunta hacia dietas más basadas en alimentos vegetales (plant based) especialmente en países de rentas altas, y hacer esfuerzos para reducir el desperdicio de alimentos. Además, es imperativo, señala, diversificar tanto los cultivos como las dietas y fortalecer los sistemas alimentarios locales mediante cadenas de suministro más cortas.
Y cualquier intervención no es posible sin la cooperación internacional. La autora desaconseja que los países adopten prácticas como el acaparamiento nacional de alimentos o las restricciones a la exportación, ya que la evidencia indica que amplifican los impactos de las crisis en lugar de amortiguarlos. Se sugiere apostar por el almacenamiento regional como alternativa.
Finalmente, destaca la necesidad de invertir más en investigación e innovación tecnológica para desarrollar semillas resistentes a la sequía y heladas, y proporcionando seguros climáticos y redes de apoyo que protejan al productor y a las poblaciones más vulnerables.
Referencia
Elizabeth J Z Robinson, Conflict and climate change are driving food shortages. BMJ 2026; 395 doi: https://doi.org/10.1136/bmj-2026-101113 (Published 21 October 2026)Cite this as: BMJ 2026;395:e101113.
Imágenes | Unsplash/Chris Ensminger/Ricardo IV Tamayo - Grantham Research Institute