Especular con el aceite de oliva no es moderno: ya lo hizo un filósofo de la Antigua Grecia para demostrar que era más listo que el resto (y lo dejaran en paz)

En torno a Tales de Mileto hay una leyenda que demuestra que, además, llevamos criticando la no rentabilidad de la inteligencia desde hace siglos

Tales Mileto
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Jaime de las Heras

Editor Senior
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Jaime de las Heras

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El aceite de oliva lleva lubricando la vida y la dieta de los países de la cuenca mediterránea desde hace milenios. El famoso oro líquido, del que hablamos bastante a menudo cuando su precio se dispara, poniendo el grito en el cielo por algo que nos parece inadmisible, se suele convertir así en una discordia constante cuando llega la nueva cosecha.

Con unos últimos años convulsos en este sentido, con producciones muy variables, y con el horizonte puesto en la evolución del sector, con una previsible migración del olivar tradicional de montaña hacia modelos intensivos, la realidad es que, en cierto modo, se ha visto en el aceite de oliva como una hipotética gallina de los huevos de oro.

Lo saben los agricultores, lo saben las empresas y lo saben los fondos de inversión, conscientes de que hay un mercado potencial para un producto que reúne las tres 's' como explica Paco Vañó, director de la marca de aceite prémium Castillo de Canena, adscrita a la asociación Grandes Pagos del Olivar: "Sabroso, sano y saludable".

El saber no ocupa lugar, pero ocupa tiempo (y no da dinero)

Pero que el aceite puede ser rentable y que, incluso haya empresas que especulen con él, no es nada moderno. De hecho es algo bastante pretérito, tanto como la Antigua Grecia, donde uno de sus filósofos más relevantes ya nos dejó uno de los primeros ejemplos de especulación con el aceite de oliva: el pensador Tales de Mileto (624 a. C. y 546 a. C.), presocrático y considerado uno de los Siete Sabios de Grecia, y con aportaciones a la filosofía, la matemática, la astronomía y la geometría, así como al derecho. Lo irónico es que, como en tantos otros filósofos, no dejó escritos de sus obras o pensamientos y puede que, incluso, el Teorema de Tales –un pilar fundamental de la geometría– sea una atribución apócrifa.

La leyenda, a la que llegamos a través de la mención que hacía Aristóteles de él en su obra Política, uno de los trabajos más extensos que nos ha llegado del filósofo ateniense. En él se menciona que, a menudo, se achacaba a los pensadores que no aprovechasen su inteligencia con fines lucrativos, prefiriendo la meditación a la acumulación de riqueza.

olivas

Aristóteles explicaba así cómo su predecesor –del que le separaba alrededor de 240 años– se le criticaba en vida por considerar que su saber no era práctico, ya que era virtualmente pobre.

Tales de Mileto, el filósofo que especuló con el aceite de oliva

Harto de esa situación –no de ser pobre, sino de que lo martirizaban con la inutilidad y falta de rentabilidad de su conocimiento–, Tales de Mileto decidió forrarse con el aceite de oliva.

Como es habitual, el olivo es un árbol vecero que rara vez encadenaba –sobre todo en aquella época– dos cosechas buenas, dando buen y mucho fruto un año y siendo más tacaño en la siguiente temporada.

Por eso, según Aristóteles, Tales de Mileto decidió darle la vuelta a la tortilla en una de esas ocasiones para que sus críticos le dejasen en paz. Aprovechando sus conocimientos en astronomía, Tales anticipó que la cosecha sería fructífera, mientras que le siguieron tomando por loco.

Así, lo que hizo fue con el poco dinero disponible alquilar las almazaras y prensas de Mileto y Quíos, hoy en el suroeste de Turquía, pero Grecia en la Antigüedad. Como la campaña iba a ser mala, ya que se esperaba poco trabajo, Tales no tuvo que desembolsar una gran cifra para hacerse con este monopolio, pues no había competidores que quisieran comprometer el dinero ante unas malas expectativas.

olivo

Pero Tales tuvo razón. Basándose en sus conocimientos, anticipó que la campaña sería fructífera y rentable. A medida que se acercaba la cosecha, los agricultores entraron en pánico ante la necesidad de poder molturar sus aceitunas, pero las almazaras estaban ya copadas por Tales que, ahí sí –según la narración aristotélica– las subarrendó y consiguió que sus convecinos le dejaran de molestar con la inutilidad de la filosofía.

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