Lo que comenzó como una introducción aparentemente inocente, pero llena de atractivo, ha terminado convirtiéndose en una de las peores pesadillas vegetales de Hawái. El guayabo de fresa (Psidium cattleianum), originario de Brasil, fue llevado al archipiélago en 1825 por sus frutos y también por su valor ornamental, según recoge el Departamento del Interior de Estados Unidos.
Dos siglos después, las autoridades hawaianas lo consideran una de sus plantas invasoras más problemáticas. La especie se adaptó extraordinariamente bien. Produce abundantes frutos, tolera la sombra y sus semillas pueden ser dispersadas por aves y cerdos.
Ya en las grandes islas del archipiélago
El resultado son formaciones muy densas, prácticamente dominadas por una sola especie, que dificultan la regeneración de la flora autóctona. Plant Pono, iniciativa hawaiana dedicada a reducir la introducción de plantas invasoras, advierte de que el guayabo de fresa está presente ya en las principales islas del archipiélago.
Su impacto va más allá de ocupar el espacio de otras plantas. El Departamento de Agricultura de Hawái ha señalado que estas masas pueden alterar las cuencas forestales y desplazar hábitats nativos.
Un informe oficial llegó a relacionar los bosques dominados por esta especie con una pérdida de agua superior a la de bosques autóctonos, lo que explica por qué su expansión preocupa especialmente en zonas forestales que funcionan como importantes reservas hídricas.
Control biológico
Eliminar estos árboles uno a uno resulta especialmente complicado en selvas densas y lugares sin carreteras. Por eso Hawái lleva años recurriendo también al control biológico. El protagonista es Tectococcus ovatus, un pequeño insecto originario de Brasil que forma agallas en las hojas jóvenes del guayabo de fresa y que fue seleccionado después de pruebas destinadas a comprobar que su acción se concentraba sobre esta especie. Las autoridades hawaianas mantienen actualmente este organismo dentro de sus programas de biocontrol.
La idea no consiste necesariamente en matar de inmediato los árboles. Las agallas provocadas por el insecto reducen el vigor de los nuevos brotes y pueden ralentizar el crecimiento y la producción de frutos, debilitando así la capacidad de expansión de la especie invasora. Una vez establecido en una zona, el propio insecto puede ir colonizando nuevos ejemplares cercanos.
El problema vuelve a ser cómo hacerlo llegar hasta miles de árboles situados en terrenos prácticamente inaccesibles. Un estudio publicado en 2025 en el Journal of Economic Entomology probó precisamente drones capaces de colocar pequeñas unidades con Tectococcus ovatus directamente sobre las copas.
La historia del guayabo de fresa simboliza uno de los grandes riesgos de introducir especies fuera de su ecosistema: un árbol llevado a Hawái hace dos siglos por sus frutos y su atractivo ornamental terminó extendiéndose por los bosques hasta convertirse en una amenaza para la vegetación nativa.
Ahora, científicos y gestores forestales recurren a una futurista combinación difícil de imaginar en 1825: insectos brasileños transportados por drones para intentar devolver algo de terreno al bosque hawaiano.
Fotos | En Pexels: Rajesh S Balouria y sha ima.
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