Producir zumos, aunque no lo parezca, generar muchos residuos… Son miles las toneladas de cáscaras y de pulpa que se pueden derivar de elaborar zumos industriales. Eso fue, precisamente, lo que sucedió en 1997 en Costa Rica cuando la empresa Del Oro, exportadora principalmente de zumo de naranja, llegó a un acuerdo con el gobierno de Costa Rica.
A través de la idea de dos conservacionistas como Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, se propuso a las autoridades donar terrenos al Área de Conservación de Guanacaste, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999, a cambio de poder depositar sus restos de naranja en una zona de pastos degradados que, tras años de uso, era incapaz de regenerarse por sí sola de manera convencional.
El gobierno tico dio el visto bueno a la medida y 1.000 camiones de Del Oro descargaron cerca de 12.000 toneladas de restos de naranjas en apenas tres hectáreas de aquellos terrenos.
Estado de la parcela inicial en 1996. ©Daniel Janzen & Winnie Hallwachs.
Sin embargo, en el camino se cruzaron los tribunales. TicoFruit, otra empresa zumera recurrió la medida por considerar que aquello contaminaba un parque nacional. El caso escaló hasta el Tribunal Supremo de Costa Rica y TicoFruit acabó ganando, así que el experimento tal y como se planteó quedó cancelado… pero las toneladas de cáscaras quedaron allí, en el olvido.
Las toneladas de naranja esparcidas en 1997. ©Daniel Janzen & Winnie Hallwachs.
Hasta que despertó la curiosidad de Timothy Treuer, un investigador y también conservacionista, intrigado con qué pasó con aquel pequeño erial donde se dejaron las mondas de las naranjas. Cuando llegó en 2013, la vegetación había sobrepasado el cartel de señalización de la parcela y donde antes no había más que rastrojos, había un incipiente bosque tropical.
Situación a los seis meses de depositar los residuos. ©Daniel Janzen & Winnie Hallwachs.
Investigaciones posteriores al hallazgo de Treuer fueron más allá para comprobar qué había pasado en poco más de una década y media. Sobre todo cuando se compararon los resultados con una parcela vecina, que sufría un estado inicial de degradación similar, y que 15 años después permanecía completamente yerma.
El suelo, tras analizarse, era más rico en nutrientes y no solo eso, el dosel forestal se había cerrado, había más especies y la biomasa había aumentado hasta un 176% más que la parcela contigua. Además, en apenas seis meses, las cáscaras de naranja ya eran un suelo fértil.
Aunque el mecanismo por qué sucedió no está del todo claro, las hipótesis apuntan primero a que las mondas de naranja enriquecieron el suelo y, al mismo tiempo, sofocaron la presencia de gramíneas que impedían el desarrollo de árboles jóvenes.
Estado en que Treuer se encontró la parcela en 2013. A la izquierda, el terreno no tratado con cáscaras de naranja. A la izquierda, la zona que recibió los restos de fruta. ©Tim Treuer.
El trabajo de Treuer, publicado en 2017 en la revista científica Restoration Ecology, se convirtió así en un ejemplo de cómo la reintegración en determinados espacios naturales de residuos biodegradables podrían cumplir una función regenerativa… pero eso no significa que todo valga y que cualquier lugar sea idóneo, por muy biodegradable que sea el residuo, a dejarlo en la naturaleza.
Imágenes | Daniel Janzen & Winnie Hallwachs / Tim Treuer