En verano, el mar parece tener un magnetismo especial. Su rumor constante, el aire salado y la promesa de días interminables de sol atraen cada año a miles de viajeros hasta la provincia de Cádiz. La costa se convierte en un hervidero de vida.
Las playas de Tarifa se llenan de surfistas y aventureros, mientras Conil de la Frontera y Zahara de los Atunes rebosan terrazas, risas y aromas de espetos. El Puerto de Santa María vibra con conciertos, barcos y noches que se alargan.
Todo parece girar en torno al agua, al horizonte que se funde con el cielo. Y sin embargo, hay otra Cádiz, menos evidente, más silenciosa, pero igual de fascinante.Esa otra Cádiz está hecha de cal y piedra, de callejones estrechos que se curvan en busca de sombra, de plazas pequeñas donde el tiempo parece haberse detenido.
Es la Cádiz del interior, la de los pueblos blancos que se agarran a las laderas de la sierra como si no quisieran ser encontrados. No hay olas ni sombrillas aquí, pero sí un encanto que brota de lo auténtico. Localidades como Grazalema, Ubrique, El Bosque o Zahara de la Sierra muestran la cara más reposada y profunda de esta tierra.
En ellas, la memoria se conserva intacta en cada fachada encalada, en cada reja florida, en cada voz que se cruza desde un balcón. Pero entre esa Cádiz de interior y la del litoral, hay un lugar que no pertenece del todo a ninguno de los dos mundos.
Vejer de la Frontera es un punto de encuentro entre el mar y la montaña, entre lo visible y lo secreto. Tiene el alma de los pueblos que se miran hacia dentro, pero la brisa atlántica le acaricia las sienes. Desde sus miradores se adivinan las dunas y la espuma, pero sus calles narran otra historia: la de los siglos, las culturas, los silencios y la luz que todo lo envuelve.
Qué hacer en Vejer de la Frontera (Cádiz)
Ubicado en lo alto de una colina, Vejer forma parte de la comarca de La Janda y está a menos de diez kilómetros del océano Atlántico. Aunque está muy cerca del mar, no vive a su ritmo. Desde Cádiz capital hay que recorrer unos 54 kilómetros hacia el sur para llegar a este pueblo blanco que, pese a su cercanía con la playa de El Palmar, conserva un espíritu que lo aleja de las multitudes y el bullicio.
Es un lugar donde cada esquina parece estar pensada para ser contemplada.Con orígenes que se remontan a la época musulmana, Vejer conserva la estructura de una antigua medina. La huella andalusí se nota en la forma de sus calles, en sus arcos, en sus patios interiores. La historia ha dejado aquí un rastro nítido, que no se ha disuelto con el paso del tiempo.
Silueta de Vejer de la Frontera, con la muralla en primer plano. ©iStock.
Pasear por su casco antiguo es sumergirse en una especie de calma luminosa, entre muros blancos que reflejan el sol y puertas antiguas que ocultan mundos privados.El castillo de Vejer, del siglo XI, preside la parte más alta del pueblo.
Desde allí, la vista se despliega hacia el paisaje abierto de la campiña gaditana. La iglesia del Divino Salvador, levantada sobre una antigua mezquita, y el barrio de la Judería, con su trazado sinuoso, recuerdan los tiempos en que culturas diversas convivían en estas tierras.
La Plaza de España, con su fuente de cerámica y su aire colonial, es el corazón palpitante del municipio, donde turistas y vecinos se mezclan sin prisa. Vejer no se recorre, se descubre. Cada paso revela un rincón inesperado: una casa con buganvillas desbordadas, una puerta azul que brilla entre paredes blancas, un mirador que se asoma al infinito.
La Iglesia del Divino Salvador domina la panorámica del cielo de Vejer. ©Istock.
Además, es un lugar ideal para quienes buscan experiencias más allá de lo visual. Se pueden visitar los molinos de viento, seguir rutas de senderismo que serpentean entre pinares y acantilados o, en pocos minutos, bajar hasta la playa para ver atardecer en El Palmar.
La gastronomía también juega un papel fundamental en el alma de Vejer. Aquí el atún de almadraba se transforma en manjar en manos de cocineros locales. Hay bares donde se conserva la cocina de toda la vida y restaurantes con propuestas innovadoras que sorprenden sin perder el sabor gaditano.
Y durante el verano, el pueblo se llena de vida cultural: ferias, mercados nocturnos, exposiciones y música en plazas que se convierten en escenarios naturales.El mejor momento para dejarse envolver por Vejer es entre mayo y octubre.
Vejer conserva la estructura urbana de una antigua medina andalusí. ©Istock.
En los meses centrales del verano, las temperaturas pueden subir, pero su altitud y la cercanía del mar suavizan el calor. Junio y septiembre, sin embargo, permiten saborear el pueblo con mayor calma, cuando la luz sigue siendo generosa, pero los visitantes son menos.
Sea cual sea el momento, lo que está garantizado es la sensación de haber encontrado un refugio que, sin estar lejos del mar, ofrece algo que muchas veces escapa al turismo de playa: profundidad, belleza y silencio.
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