Son las 9:25 de la mañana cuando llegamos en tren a la estación de Sants. En solo 15 minutos llegamos a la Bodega Montferry, uno de los templos modernos del almuerzo en Barcelona.
Casi todas las mesas del bar están ya ocupadas por grupos de jubilados –y algún currante– que, porrón de vino en mano, atacan un plato de cap i pota (los callos catalanes) o fricandó. Es el conocido como esmorzar de forquilla, el “almuerzo de tenedor” que, como explica el propietario y cocinero de la Bodega Montferry, Marc Miñarro García, está viviendo un resurgir en la Ciudad Condal.
“Siempre ha existido”, explica el cocinero. “Yo había ido con mi padre a locales como el Gelida, o te ibas a la zona del Penedés, una zona más agrícola, donde siempre se ha almorzado, pero a raíz de las redes ha tenido un auge”.
Pero si bien Montferry aparece en todas las recomendaciones para apretarse un esmorzar de forquilla en Barcelona, por lo que realmente se ha hecho conocida es por sus bocatas.
Marc Miñarro es de formación geólogo, pero tiene buena mano en la cocina.
Rescatar el espíritu de las antiguas bodegas
Aunque Miñarro lleva ya más de una década regentando la bodega, es de formación geólogo. “Estaba trabajando en un laboratorio de la construcción, pero llegó la crisis de 2008 y aguante hasta 2012”, explica.
Fue entonces cuando, como tantos otros trabajadores en paro, buscó una salida en la hostelería, un mundo que siempre le había atraído, pero al que nunca se había dedicado. Con ayuda de su amigo Alberto García Moyano –conocido por ser autor del recomendable blog gastronómico En ocasiones veo bares– se hizo cargo de la antigua Bodega Montferry, a escasos minutos del local que ocupa en la actualidad en el barrio de Sants.
“Era una bodega de los años 60, con puertas de madera, botas, una bodega de antaño, de los años 50”, explica Miñarro. “La pillamos y mantuvimos el nombre. Hay muchas porque en su tiempo fue como un tipo de franquicia. Era un empresario que se dedicaba a vender vinos y licores a granel y lo que hacía era buscar a gente para abrir locales, les daba facilidades de pago y tenían que vender su género. Llegó a haber 15 o 16 entre Barcelona y Hospitalet, con el tiempo el acuerdo caduco y cada dueño hizo lo suyo”.
Entre los clásicos está también el 'entrepan' de 'mandonguilles' con picada. Buenísimo.
En este histórico local Miñarro empezó a hacer lo único que dominaba: cocina tradicional catalana. “Yo no tengo conocimiento de cocinar, pero siempre me ha gustado”, explica. “A partir de ahí coges a gente que sabe más, ves qué vas a hacer y haces cuatro cosas que estén ricas y a la gente le guste. Y esto fue la filosofía. Hacer cosas que sé hacer. No tengo formación de hacer cosas raras, pero puedo hacer albóndigas y cap i pota”.
No hay duda de que Miñarro, aunque no se haya formado en esto, tiene mano con la cocina. Sus guisos son de categoría. Pero lo verdaderamente sorprendente de Bodegas Montferry son sus bocatas. Su pareja y socia, Raquel Bernus Mujal, tuvo la idea que les llevó al estrellato: promocionar a diario un bocadillo distinto.
“En 2013 empezó lo del Instagram”, explica el cocinero. “Era muy al principio y se nos ocurrió esto. Proponer cada día un bocata diferente y lo colgamos. Así la gente ve que cada día hay una cosa distinta”.
La iniciativa fue un éxito y continúa aún hoy en día. “Es un bocata que te puedes hacer en casa la mayoría. Esa fue la idea y aún estamos con esto. Al principio no había carta, pero era un cachondeo porque te pedían bocadillos de hace un año. Modificamos la carta una vez al año y vamos colocando bocatas que sabemos que han gustado más. Al final hay repetidos, pero van cambiando”.
De esta iniciativa surgieron clásicos del local, que en un muy poco tiempo se convirtieron en entrepans emblemáticos de la escena barcelonesa. No es para menos. En nuestra visita probamos el bocadillo de cap i pota con chimichurri, que se sirve en una especie de mollete tostado, y es una auténtica locura. Buenísimo. También nos encantó el bocata de mandonguilles, albóndigas, que se sirve con otro pan distinto, muy rico, de barra.
En realidad, todo en la carta es apetecible. Hay entrepans de panceta con sobrasada y queso brie, de bull negre con queso y chimichurri, de atún con cebolla encurtida y mayonesa de kimchi… Incluso sirven un bocata de croquetas.
“Ha salido así”, explica Miñarro quitando importancia a unos bocadillos que son la pera. “Tú al final cocinas lo que te apetece y lo que realmente sabes hacer y que te da cariño. Al final ofrecer unos Nachos es un poco aburrido. Puedes hacer algo que te gusta, bocadillos de albóndigas o fricandó, que son divertidos y están bien”.
El fricandó, ya sea en plato o bocata, es una auténtica delicia.
Un obligado cambio de local
Bodegas Montferry seguiría en su antigua ubicación, con más solera, si no fuera porque, al finalizar su contrato de alquiler por diez años, el propietario del edificio no les hubiera dado la patada. Quería tirar el edificio y hacer viviendas nuevas. Y eso ha hecho.
“Una vez nos dijo esto fue una putada”, explica Miñarro. “Perdimos toda la inversión y la pena de preguntarse por qué tiran al suelo una bodega histórica. No hay ningún tipo de protección. Todo el mundo hablando de comercio de proximidad, pero cuando te toca no hay ayuda por ningún lado. Encontramos esta, que se llamaba La Montañesa. También fue bodega, pero los propietarios lo transformaron en un bar de menú de medio día. Ya estaban jubilados, se lo querían quitar, buscaban a alguien de confianza y lo pillamos. Para mantener la clientela le cambiamos el nombre y mantuvimos el concepto de la antigua”.
Quizás el nuevo local no tiene el encanto de la antigua bodega, pero sigue siendo acogedor y el ambiente mola.
En doce años, Miñarro ha vivido un abrupto cambio de local y una pandemia, pero el negocio funciona bien. “Barcelona es una ciudad agresiva”, explica. “Hay mucho de todo, mucho bar malo o vulgar, pero también mucho bueno. Pero la gente te das cuenta que no es tonta. Llega un punto que no vas porque al final es caro o malo”.
Pese a no estar en una zona turística, su situación cerca de la estación ha traído algo de publico extranjero, aunque no todos comulgan con la propuesta. “Hay gente que viene de fuera y pide oreja, pero no se la come, porque no están acostumbrados a la textura y no les gusta”, explica. “Lo que sí es muy curioso es que los turistas de origen asiático, todo lo que cocinamos aquí les gusta, el guiso con casquería lo comen, pero te llega un inglés y te piden conserva ahumada, cosas frías, porque no están acostumbrado a los guisos”. Ellos se lo pierden.
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