La transformación turística no es un fenómeno reservado a las grandes urbes ni a las playas masificadas donde abundan hoteles y apartamentos vacacionales. Hay formas de viajar que parecen más inocentes, incluso sostenibles, como el turismo en autocaravana.
Sin embargo, hasta esa variante, supuestamente en armonía con la naturaleza, puede tornarse invasiva cuando se repite sin control. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en las Islas Lofoten, un remoto archipiélago noruego que ha visto alterada su serenidad por una oleada constante de autocaravanas, muchas de ellas procedentes de Alemania.
Ubicadas por encima del Círculo Polar Ártico, las Lofoten se extienden en el norte de Noruega como un rincón de belleza casi salvaje. Montañas afiladas, playas de arena blanca, aguas turquesas y pueblos pesqueros que hasta hace no mucho vivían en relativa calma. El tipo de lugar donde el silencio pesa más que el bullicio, y la vida fluye a otro ritmo. Todo eso, sin embargo, ha empezado a cambiar.
Lo que parecía una escapada idílica para quienes buscaban huir del turismo de masas se ha convertido, poco a poco, en una especie de contradicción ambulante.
Vista de parte del archipiélago. ©Visit Lofoten.
El deseo de “alejarse de todo” ha terminado por atraer a tantos que han acabado llevándose consigo precisamente aquello de lo que huían. Las redes sociales han contribuido a ello: fotos espectaculares de auroras boreales, fiordos de ensueño, noches bajo el cielo abierto. Y el vehículo favorito para acceder a este paraíso: la autocaravana.
El problema no es tanto que lleguen turistas, sino cómo lo hacen y cuántos lo hacen al mismo tiempo. Las Lofoten, con su red de carreteras estrechas y su frágil equilibrio ecológico, no estaban preparadas para recibir una avalancha de casas rodantes aparcadas junto a playas, ríos o caminos rurales.
En plena temporada alta, la imagen es casi surrealista: un lugar que antaño parecía inaccesible, ahora salpicado de caravanas alineadas, generadores zumbando y personas haciendo cola en baños portátiles. La postal idílica se tuerce.
Entre la población local, crece el malestar. Hay quien ve en todo esto una falta de respeto más que un exceso. No se trata solo de la ocupación visual del paisaje, también del uso de infraestructuras pensadas para otra escala.
Reine, en las islas Lofoten. ©Visit Lofoten.
Los aseos públicos no dan abasto, las papeleras rebosan y los vertederos de aguas residuales no siempre se utilizan correctamente. Algunos visitantes, quizás por ignorancia o comodidad, improvisan campamentos donde no deberían, dejando tras de sí restos que no encajan con la idea de “turismo responsable”.
Los residentes se sienten desbordados. Lo que era una relación amable con los visitantes ha virado hacia la desconfianza. Muchos turistas actúan con buena intención, pero el volumen termina por arrasar cualquier delicadeza.
Y si a eso se le suma la falta de regulación específica, el resultado es una saturación difícil de gestionar. En algunos tramos de carretera, las caravanas provocan atascos. En ciertas zonas naturales, la simple presencia de tanta gente desvirtúa el sentido del lugar.
Ante este panorama, las autoridades noruegas han decidido intervenir. El gobierno del país escandinavo ha dado luz verde a la implantación de una tasa turística que podrán aplicar los municipios más afectados. La medida, aún en fase de implementación, busca aliviar la presión sobre servicios e infraestructuras. No se trata solo de recaudar, sino de reinvertir en baños, limpieza, caminos y controles, con el objetivo de volver a equilibrar el flujo entre quienes llegan y quienes viven allí.
Por hacernos una idea, las cifras de 2024 son escandalosas: 724.000 pernoctas en una región con apenas 24.000 residentes y donde no están contabilizadas aquellas realizadas en autocaravanas ni en alojamientos privados. Al punto de que se estima que esas noches extra pueden aumentar la cifra en un 50%. El resultado, como se quejan algunos locales, es que "muchos llegan en caravanas antiguas o con tiendas, sin servicios, y la naturaleza sufre y, en verano, el olor es inaguantable".
Una tasa turística en verano de 2026
Se prevé que esta tasa comience a aplicarse en 2026, aunque no será obligatoria, sino que dependerá de cada localidad y deberán acreditar que, realmente, el turismo está perjudicando a sus infraestructuras. De este modo, cada municipio decidirá si la implementa o no, en función del impacto que reciba por parte del turismo. Algo que, en Lofoten, califican como "una gran victoria", aunque está por ver cómo se puede gravar con un 3% a vehículos como las autocaravanas.
Y aunque la medida no está dirigida exclusivamente a las autocaravanas, en la práctica afectará en gran medida a ese tipo de visitantes, pues son quienes más suelen escapar a los canales tradicionales de hospedaje y contribuyen menos directamente a la economía local.
Para algunos habitantes, la decisión llega tarde. No es raro escuchar que las Lofoten están perdiendo aquello que las hacía únicas: su aislamiento, su autenticidad, su paisaje no invadido. Una autocaravana aparcada frente a un fiordo puede parecer inofensiva una vez. Cuando son cientos, durante semanas, el efecto acumulativo erosiona tanto el entorno como la paciencia de quienes ahí habitan.
Resulta irónico que en el intento por buscar lo salvaje, lo remoto, lo puro, se termine por introducir una forma de presencia que lo contamina. Lofoten no es una excepción; es más bien un símbolo. Un recordatorio de que incluso el turismo más aparentemente inocente puede volverse un problema cuando no se regula, cuando no se piensa en el impacto colectivo. Y sobre todo, cuando la búsqueda de libertad de unos termina por convertirse en la carga de otros.
Imágenes | lofoten.info / Visit Norway