La agresiva política arancelaria de Donald Trump pone en peligro la salud pública de Estados Unidos. Más allá de los posibles efectos en la economía y empleo del país, los aranceles a productos de importación aumentan el precio de los alimentos básicos, dificultando a millones de personas el acceso a una alimentación de calidad y saludable básica.
Es la advertencia que lanzan expertos en salud pública en un comunicado publicado esta semana en The BMJ, en el que se hace un llamamiento al Gobierno a tener en cuenta los efectos directos e indirectos que los aranceles comerciales pueden tener sobre la salud del país, incluyendo el acceso a los medicamentos, el coste de los alimentos y las condiciones de empleo.
Courtney McNamara, de la Universidad de Newcastle, y Benjamin Hawkins, de la Universidad de Cambridge, recuerdan que los precios de los alimentos y la salud alimentaria también son muy sensibles a la política comercial. A pesar de que los ultraprocesados de baja calidad de benefician del comercio liberal, la nueva política arancelaria está demostrando una dinámica distinta con consecuencias contrarias a las deseadas: no solo no mejora la dieta estadounidense, sino que parece estar empeorándola más aún.
Los aranceles a metales han encarecido las conservas
Estados Unidos minusvaloró en un primer momento la cantidad de alimentos frescos importados de los que depende el país, viéndose obligado a corregir los aranceles iniciales sobre más de 200 productos que habían encarecido la cesta de la compra en pocas semanas. Sin embargo, al seguir vigentes los aranceles sobre metales, el precio de multitud de conservas se ha incrementado y amenazan con encarecerse aún más, dificultando el acceso a alimentos básicos en la dieta del país, como legumbres, sopas o pescados y verduras en conserva.
De forma paralela, señalan, los organismos comerciales internacionales se encuentran actualmente negociando para recuperar el comercio transatlántico libre de aranceles de bebidas alcohólicas y espirituosas, lo que disminuiría su precio en el mercado de Estados Unidos, mientras que el coste de los alimentos básicos se mantiene al alza. Según los expertos, estos acuerdos comerciales solo favorecen a las grandes cadenas de productos que perjudican la salud en un momento en que el que se está intensificando la inseguridad alimentaria.
Las previsiones a corto y medio plazo, partiendo de las investigaciones más recientes, sugieren grandes daños en la salud pública del país que afectará, sobre todo, a los hogares de ingresos medios y bajos, pues son los que invierten gran parte de su presupuesto en la compra de alimentos. Está demostrado que en épocas de crisis, las familias reducen la calidad de la dieta al verse obligados a comprar alimentos más baratos, de mayor conservación y de peor calidad nutricional. Además, señalan los autores, estos problemas podrían extenderse a servicios públicos como los comedores escolares y centros comunitarios.
La volatilidad de los costes de los alimentos se une al aumento de los costes de los medicamentos que dificultan el acceso tanto a una nutrición de calidad como de atención sanitaria, y todo ello en un clima de incertidumbre económica que pone en riesgo millones de empleos en todo el país.
“Las consideraciones sanitarias deben tratarse como parte integrante de la política comercial y no como una preocupación secundaria”, afirman los expertos, defendiendo el papel que los académicos e investigadores pueden desempeñar para que estas políticas tengan éxito. “Garantizar que las decisiones comerciales apoyen la salud no solo es lo correcto, sino también un imperativo estratégico para construir economías resilientes”, concluyen.
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