Había que tener mucha sed para pedir un vaso de agua en casa de un amigo en los años 80 o 90. No porque estuviera mal visto ni porque nadie fuera a negártelo. El problema llegaba después, cuando aquel vaso aparecía sobre la mesa y descubrías que el agua podía saber a muchas cosas. A demasiadas.
Lo ha recordado la cuenta de TikTok Etxebarria Aita-Seme en un vídeo que ha despertado esa memoria colectiva tan concreta a la que no se le habían puesto palabras. Hubo una época en la que el agua de casa ajena tenía sabor y no era precisamente a agua.
El culpable era muchas veces el recipiente. En numerosas casas se guardaba una botella o una jarra abierta en la nevera y el agua pasaba allí horas absorbiendo el pequeño ecosistema aromático que la rodeaba.
En sus efluvios podía haber media cebolla empezada, un plato de macarrones cubierto con papel de aluminio pero sin hermetismo, un trozo de melón, embutido medio erizado por el frío, un táper cuyo contenido ya nadie recordaba o las sobras de la cena anterior.
En ese sorbo de lo incierto primero llegaba el frío y, justo después, todo lo demás, alineado gustativamente como muestra el creador de contenido. Empezaba el desfile: un ligero recuerdo a cebolla, una nota de pimiento (para los que a esa edad lo sabían discernir); quizá algo que parecía queso; a veces incluso resultaba imposible identificar qué alimento concreto había conseguido atravesar la botella y llegar hasta el agua.
Era como probar, en un solo trago, el menú completo de una nevera que ni siquiera era la tuya. Había algo especialmente desconcertante en que aquello ocurriera solamente en casa de los demás. El agua de tu propia nevera podía tener exactamente el mismo problema, pero estabas acostumbrado a ella. Cada familia tenía, de alguna manera, su propio sabor doméstico. Solo al cruzar una puerta ajena descubrías que las neveras también tenían acento.
Vasos promocionales o con florecillas
Mención aparte merecen los vasos. Antes de que las cocinas se llenaran de cristalerías idénticas, era bastante habitual beber en el vaso superviviente de alguna promoción, clásicamente de Nocilla, en uno con flores que llevaba décadas en la familia o en aquellos vasos gruesos de colores que parecían prácticamente indestructibles. En algunas casas, además, el agua llegaba directamente del grifo y el sabor cambiaba otra vez por completo.
@etxebarriaaitaseme Que no caiga en el olvido... #humor
♬ Only Time - Enya
Aunque sea casi algo imperceptible, aquella experiencia religiosa se asumió generacionalmente. Ahora, los comentarios al vídeo muestran hasta qué punto el recuerdo no era individual. Muchos usuarios han reconocido inmediatamente esa sensación: Basta que alguien mencione aquella agua con regusto a cebolla para que aparezca una generación entera diciendo, esencialmente: sí, yo también estuve allí.
"Éramos capaces de beber agua de mangera a 40 grados, pero ese popurrí de sabores conocidamente desconocidos no se olvidaba", dice uno. Otro asegura que "lo peor es que es en todas las casas, pero todos nos acostumbrábamos a la nuestra".
"La escena pertenece además a una infancia en la que entrar en casa de los amigos era mucho más habitual. Se salía del colegio, se subía un rato a jugar, se merendaba donde tocara y, en algún momento, alguien acababa teniendo sed. No llevábamos una botella reutilizable colgada de la mochila ni había una botella pequeña con nuestro nombre esperando en cada excursión. Pedías un vaso de agua y asumías las consecuencias.
Fotos | Tik Tok/@etxebarriaaitaseme
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