En varias ocasiones me ha pasado tener que preparar un sándwich a la hora de la cena. Son opciones rápidas, fáciles de elaborar y admiten un sinfín de variaciones: desde las más sencillas con tomate y huevo, hasta combinaciones de verduras a la parrilla con paté, tofu grillado con pesto, o hummus con zanahoria.
Incluso la versión de bikini vegetal, a base de pan, jamón y queso (de origen vegetal) con el agregado de cebolla y pimiento rojo asado, muestra cómo un clásico admite licencias creativas para ajustarse al público veggie, y que puede gustar a todo el mundo, se siga o no una dieta exclusivamente vegetal. Es uno de mis comodines preferidos para cenar rico sin complicarme.
Sin embargo, suele surgir la duda de si cenar solo esto es una buena opción. La respuesta es que un sándwich puede ser una cena viable siempre que prestemos atención a su composición para presentar un plato equilibrado nutritivo y saciante.
Una de las fórmulas que aplico a la hora de construir un sándwich es priorizar un pan integral o de masa madre, incluir proteína en forma untable sobre los panes (es mi versión preferida) y luego vegetales frescos o asados, ya sean hojas verdes, tomate, pepino o pimientos asados para sumar vitaminas y volumen sin pesadez.
Además, el sándwich se presta a combinarse con diferentes guarniciones de acuerdo con el nivel de hambre que tengas esa noche. Para los días de verano, un gazpacho bien frío es un complemento ideal, al igual que una ensalada de hojas verdes aliñada al momento para aportar un extra de frescura.
Si buscas algo más elaborado o templado, uno de mis acompañamientos preferidos en esta ocasión son unas zanahorias tandoori al horno, por ejemplo o unos bastones de calabacín al horno: ambas opciones quedarán genial.
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