Seguramente, ni el mejor de los escultores del mundo podría diseñar con tanta voluntad y capricho lo que la naturaleza ha construido por su cuenta en la Ciudad Encantada. Estamos ante el atractivo natural más conocido de la provincia de Cuenca, un lugar donde la roca parece haber cobrado vida propia. Con la llegada de la primavera, se convierte en una de las paradas obligadas para los amantes del senderismo y las actividades al aire libre en Castilla-La Mancha.
Enclavada en la Serranía de Cuenca, a unos 35 kilómetros de la capital, dentro del término municipal de Valdecabra, llegar a la Ciudad Encantada es sencillo desde Cuenca capital, y el recorrido señalizado por el interior del espacio tiene una extensión aproximada de tres kilómetros. Es una ruta asequible, apta para toda la familia, aunque conviene llevar calzado cómodo porque el terreno es irregular y lleno de sorpresas.
Lo que hoy vemos como un laberinto de rocas fue, hace unos 90 millones de años, el fondo de un mar interior. Durante el Cretácico, esta zona estuvo cubierta por aguas poco profundas donde se acumularon sedimentos carbonatados, principalmente calizas y dolomías. Con el tiempo, los movimientos tectónicos elevaron estos materiales hasta convertirlos en una meseta. Ahí comenzó el verdadero trabajo de la naturaleza.
El milagro kárstico de Cuenca
El agua fue la gran artista. La lluvia, el hielo y los ríos fueron filtrándose por las grietas de la roca caliza durante millones de años, disolviendo el material más blando y dejando en pie las partes más resistentes. Este proceso se llama karstificación, y es el responsable de las formas tan improbables que encontramos aquí. La roca caliza reacciona con el dióxido de carbono disuelto en el agua, formando un ácido débil que la corroe lentamente. El resultado, tras milenios de paciencia, son estas esculturas imposibles.
El Elefante es una de las formaciones más conocidas y fotografias de la Ciudad Encantada. ©Ciudad Encantada.
Lo curioso es que las formaciones no crecen hacia arriba como si alguien las hubiera tallado desde abajo. Ocurre al revés: la erosión ha ido eliminando el material circundante, dejando expuestos los bloques más duros. Cuando la parte inferior de una roca es más blanda que la superior, el resultado son esos hongos de piedra tan característicos del lugar. La geometría, aquí, desafía al sentido común.
Dentro del recorrido hay formaciones con nombres que ya dicen mucho de lo que el visitante va a encontrar. El Tobogán es una losa inclinada que parece lista para el deslizamiento. El Puente Romano es un arco natural que cruza sobre el vacío con una elegancia que ningún ingeniero habría calculado mejor. El Perro y el Elefante son dos bloques que, vistos desde el ángulo correcto, recuerdan exactamente a esos animales. El Mar de Piedra es quizá la imagen más impresionante: una extensión de rocas erosionadas que evoca, sin ningún esfuerzo, las olas de un océano petrificado. No es casualidad. Ese océano existió de verdad.
El Tormo alto. ©Ciudad Encantada.
La Ciudad Encantada fue declarada Monumento Natural en 1929, lo que la convierte en uno de los espacios protegidos más antiguos de España. Su gestión actual garantiza la conservación del espacio y regula el acceso para evitar daños en las formaciones. Hay una entrada con tarifa reducida, y el horario varía según la época del año, así que conviene consultar antes de salir.
La primavera es el momento ideal para visitarla. Las temperaturas son agradables, la vegetación que rodea las rocas está en su mejor momento y la luz de esta época del año realza los contrastes entre la piedra gris y el verde del entorno. Combinar la visita con una jornada en la cercana Cuenca, con sus casas colgadas y su casco histórico declarado Patrimonio de la Humanidad, es un plan redondo para un fin de semana que mezcla naturaleza, cultura y algo de asombro genuino ante lo que el tiempo es capaz de construir cuando nadie le mete prisa.
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