
Con la llegada del buen tiempo, el panorama gastronómico de nuestro hogar solía sufrir algunos cambios radicales. Si en invierno era superimportante cenar caliente y a su hora, en los estertores de la primavera y ya entrado el verano, nos convertíamos en una familia transgresora que osaba trasladar el comedor a lugares tan dispares como el campo, la playa o el merendero.
A mí, de entre todas, me encantaba la tercera opción, pues me fascinaba la entrega total de los propietarios de los merenderos, y desde mi enfermizo sentido de la lógica infantil, no entendía el negocio. Porque nosotros llevábamos una bolsa llena de comida, con indecentes y provocativas rodajas de chorizo, panes dispuestos a una vivisección profunda, tortillas redondas y lozanas, y el único tributo que debíamos rendir era comprar la bebida allí, mientras ocupábamos una sólida mesa al aire libre.
La pequeña empresaria que entonces llevaba dentro (y que no ha vuelto a aparecer), reflexionaba sobre la escasa capacidad de fortuna que tenía el asunto, y como era virginal e inocente, nunca me dio por pensar, que quizá los merenderos se dedicaran de puertas adentro al blanqueo de dinero o cosas peores. Porque el interior de los merenderos era todo un misterio, nadie sabía qué pasaba allí, en esos garitos a los que no necesitábamos entrar, ya que sus abnegados empleados se afanaban en servirnos con diligencia en las mesas, y que siempre tenían los baños en la parte de atrás. Carne de investigación.






Una forma de elaborar un rápido aunque calórico desayuno, aunque también puede ser una golosa merienda, se elabora con las obleas que comercializan para hacer empanadillas, pero en este caso se convertirán en unas deliciosas obleas dulces.