La liturgia más riojana de San Mateo se vive en un frontón a base de sardinas y guindillas para poner Logroño en danza

El Adarraga, frontón insignia de la capital de La Rioja, se llena estos días de pelota y bocatas

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Jaime de las Heras

Editor Senior
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Jaime de las Heras

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Hay gestos que, a fuerza de repetirlos, se convierte en costumbre y sirven de cimiento social y cultural. El frontón Adarraga, en Logroño, es uno de esos lugares que hacen girar un pequeño cosmos en la capital riojana que durante las fiestas de San Mateo se convierte en lugar de peregrinaje.

No solo por los manistas o por juntarse, sino por una costumbre que ha convertido acudir aquí durante la semana grande de Logroño en un ritual gastronómico a base de pan, sardina y guindilla.

Sin pretenderlo, hace ya décadas Lourdes y Eduardo Espiga convirtieron este bocadillo en un santuario, en un valor refugio que, a manos llenas y pringadas, ha abastecido a riojanos –y más allá– entre partido y partido.

En 2025, Luismi López Aragón, Pámpano en Logroño, de sobra conocido por su presencia como hostelero en todo tipo de recintos, decidió respaldar la baja de los Espiga y apostar por el ambigú del Adarraga.

Afín a la tradición, Pámpano decidió entrar con buen pie, como siempre se había hecho: a base de sardinas y guindillas. La tradición comienza varios días antes de San Mateo al compás de panderetas (de conservas), eligiéndose minuciosamente con un selecto jurado la que va a ser la sardina de la temporada.

Tras una jugosa cata, la sardina que se convertirá en la estrella del baile se puede dar por iniciada la tradición sardinera del Adarraga. Aquí la gracia es encontrar una sardina sabrosa, carnosa y de buen calibre; no hay que andarse con remilgos. Y el corte de la guindilla en vinagre, igualmente fundamental, habla de grosor y no de jugar con guindillitas del tres al cuarto.

Lo demás no falla. Un buen pan, abierto a la mitad, un hilo de aceite que lo empape, depositar allí la sardina y, entre ella, los trozos de la guindilla. La gracia del mordisco está en la textura, en la grasita y en ese acicate ácido y picantón de la guindilla entre meneos a la sardina.

Convertido en ritual desde hace años, un San Mateo en el Adarraga pide mancharse las manos, disfrutar y, de paso, socializar entre mordiscos. ¿Acaso no son eso las fiestas populares?

Imágenes | Gobierno de La Rioja 

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