España tiene retablos góticos como otros países tienen rascacielos: en cantidades que asombran a cualquiera que se detenga a contarlos. Catedrales, iglesias parroquiales, ermitas olvidadas en la sierra... el gótico tardío español es uno de los grandes patrimonios artísticos del continente, y sin embargo pasa con frecuencia desapercibido frente al Renacimiento o al Barroco.
Lo mismo ocurre con los castillos: pocas geografías de Europa acumulan tantas fortalezas, torres y recintos amurallados por kilómetro cuadrado como el interior peninsular. Y los manantiales singulares tampoco son ninguna rareza; la geología kárstica de Aragón y Castilla está plagada de surgencias, fuentes y ojos de agua que brotan en los lugares más inesperados.
Lo que sí resulta excepcional es que las tres cosas coincidan en un solo punto del mapa, y que ese punto sea además un pequeño pueblo que forma parte de la asociación de los Pueblos más Bonitos de España. Ese lugar existe y se llama Anento.
Anento se encuentra en la comarca de Campo de Daroca, en la provincia de Zaragoza, aproximadamente a 80 kilómetros al sur de la capital aragonesa. Llegar desde Zaragoza es sencillo: se toma la autovía A-23 dirección Teruel hasta la salida de Daroca, y desde allí se continúa por carretera comarcal unos pocos kilómetros hasta alcanzar el pueblo. El trayecto dura menos de una hora. La ruta atraviesa un paisaje de páramos y barrancos que ya anticipa el carácter austero y fascinante del lugar.
Ruinas del castillo de Anento.
Con apenas una treintena de habitantes censados, Anento es uno de esos municipios que el despoblamiento rural ha ido vaciando durante décadas. Pero lo que conserva entre sus muros es desproporcionado respecto a su tamaño actual.
El pueblo alcanzó su época de mayor esplendor durante la Baja Edad Media, cuando la ruta entre Zaragoza y Valencia convertía a esta zona en un corredor de cierta importancia comercial y estratégica. Ese contexto explica tanto el castillo como la calidad artística de sus edificios religiosos. El conjunto urbano se encarama sobre una pequeña elevación, con callejuelas empedradas que suben hacia la zona más antigua, y desde los que se obtienen vistas sobre el valle del río Cámaras.
Iglesia de San Martín.
El castillo de Anento, de origen medieval, domina el perfil del pueblo desde lo alto del cerro. Aunque muy transformado a lo largo de los siglos, conserva parte de su estructura original y sigue siendo el elemento que da carácter al horizonte del lugar. Su función fue defensiva en los periodos de tensión entre los reinos de Aragón y Castilla, y su presencia marcó durante siglos la vida del pueblo.
Retablo de la iglesia de San Martín. ©Turismo de Anento.
Pero si hay una joya que justifica por sí sola el viaje, esa es la Iglesia de San Miguel. Este templo de estilo gótico tardío alberga lo que muchos especialistas consideran uno de los retablos góticos mejor conservados de toda España. Fue pintado muy posiblemente por el maestro Blasco de Grañén a mediados del siglo XV, aunque nunca se ha demostrado su autoría. Lo cual no quita que sea una de las cumbres del gótico pictórico aragonés.
La tabla principal representa escenas de la vida de San Miguel con una precisión cromática y una expresividad en los rostros que resultan sorprendentes. El retablo ocupa casi por completo el ábside de la iglesia, y verlo de cerca produce esa sensación particular que solo dan las obras que han sobrevivido intactas al paso del tiempo.
El manantial de aguallueve
Cueva del aguallueve
Y luego está el aguallueve. Este manantial, cuyo nombre es ya de por sí evocador, brota en las cercanías del pueblo y tiene una particularidad que lo convierte en uno de los fenómenos geológicos más llamativos de Aragón.
El agua surge desde lo alto de una pared rocosa en forma de cascada o lluvia fina, de ahí su nombre, como si la roca misma transpirara. El efecto se produce porque el agua filtrada a través del karst interior emerge por pequeñas fisuras distribuidas a lo largo de la pared caliza, creando una cortina de goteo continuo que, en primavera, cuando los acuíferos están más cargados, adquiere una dimensión casi espectacular.
Manantial del aguallueve.
La vegetación que rodea el manantial contrasta de forma vistosa con la aridez del paisaje circundante, lo que hace de este rincón un lugar especialmente fotogénico entre los meses de marzo y mayo. No es un manantial ordinario ni un simple chorro de agua: es más bien un muro que llora, y eso, en la árida meseta aragonesa, resulta genuinamente difícil de olvidar.
Imágenes | Turismo de Anento
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