Entrar en un supermercado y perder la noción del tiempo no es un accidente arquitectónico. En España, la mayoría de grandes superficies prescinde de ventanas exteriores, una decisión que responde a criterios comerciales y operativos muy concretos. No es una manía estética ni una herencia soviética: hay mucho método detrás.
La ausencia de luz natural, que también se da en otro tipo de tiendas y en centros comerciales, elimina referencias temporales. Sin ventanas, el cliente no sabe si fuera llueve, anochece o hace sol, lo que favorece una estancia más prolongada y un recorrido más calmado por los pasillos: nos olvidamos del paso del tiempo.
Control de la iluminación
A esto se suma el control total de la iluminación. La luz artificial permite destacar productos concretos, como panadería, fruta y frescos, con temperaturas de color pensadas para que resulten más apetecibles. Con luz natural, ese control se pierde y la experiencia se vuelve menos predecible.
Otro factor clave es la eficiencia energética y logística. Las fachadas ciegas facilitan la refrigeración constante, algo esencial en espacios con cámaras, congeladores y lineales de frío funcionando sin pausa. Menos entradas de calor implican menos consumo.
Aprovechamiento espacial
También hay una razón práctica: el aprovechamiento del espacio. Las paredes sin ventanas permiten colocar estanterías de suelo a techo, ampliar el surtido y optimizar cada metro cuadrado. En un negocio de márgenes ajustados, cada pared cuenta.
Desde el punto de vista de la seguridad, un perímetro cerrado reduce robos y facilita la vigilancia. Menos accesos visuales desde el exterior implican menos puntos vulnerables y mayor control del entorno.
Este modelo no es exclusivo de España. Se repite en buena parte de Europa y Estados Unidos, especialmente en grandes cadenas. No obstante, y pese a todo lo anterior algunos supermercados urbanos empiezan a introducir ventanales por motivos de imagen y sostenibilidad, aun a costa de todos estos parámetros, aunque normalmente solo en la zona de la entrada, cuando ya estás de nuevo de cara a las cajas, con el carrito lleno.
La conclusión es clara: sin ventanas, el supermercado controla mejor el tiempo, la atención y el recorrido del cliente. Es una decisión silenciosa que influye más de lo que parece en cómo y cuánto se compra.
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