La primavera es una época maravillosa en la que rara vez me parece posible encontrar a alguien a quien no le guste y que no disfrute de ella. Venimos de meses terribles de invierno, de frío, oscuridad, lluvia y viento, y de repente la sangre se altera, los pájaros cantan, las nubes se levantan, los árboles se llenan de hojas, los jardines de rosas y tu nariz de mocos y tus ojos de lágrimas.
Al menos, si eres alérgico a unas cuantas especies vegetales que van a acabar convirtiendo estos meses de luz, color y teórica alegría en un sufrimiento en el que andas llorando por las esquinas, tapándote donde puedes, mientras todo se conjura para amargarte la vida, a pesar de que acudas a los antihistamínicos que tu alergólogo te ha pautado.
La realidad es que la primavera es genial, salvo que tengas alergias atroces que van a hacer que te piquen la nariz, los oídos y los ojos todo el santo día. Gramíneas, olivos, plátanos de sombra, álamos… Las opciones para que algo nos acabe amargando la vida en nuestro país son bastante amplias. Una de ellas no la descubrí hasta hace unos años, cuando me percaté de que una costumbre muy sana y muy de mi abuela estaba pasándome factura cuando me iba al pueblo.
En otras ocasiones os he contado que tengo la suerte de tener un pueblo rodeado de pinos, lo cual no es especialmente conflictivo con la alergia, aunque sí con manchar las ventanas y la ropa con un polen amarillo bastante asqueroso. Pero también tengo la suerte —y la desgracia— de vivir en un pueblo de lo que llaman la Andalucía de Ávila, en el que hay olivos para aburrir. Y donde hay olivos, amigos, hay polen de olivo, una de mis alergias.
Hasta que llegó a mi vida un electrodoméstico que ha facilitado mis noches de primavera cuando me voy al pueblo: la secadora. Hasta entonces, como todo hijo de vecino, tendía la ropa en el exterior. Y cuando hablo de ropa no solo me refiero a camisas o pantalones, sino también a la ropa de cama: sábanas, fundas, toallas… Como os podéis imaginar, todo esto quedaba a la intemperie y se secaba muy bien, pero al mismo tiempo se impregnaba de polen de olivo, con el que luego me iba a la cama.
Así, las noches, después de haber tenido un día más o menos tranquilo, se convertían en un auténtico suplicio de estornudos y picores. Hasta que llegó la secadora. Con ella he conseguido que esas fatales noches de primavera, a merced del polen de olivo, dejasen de amargarme la vida.
Es una recomendación que os hago encarecidamente si vivís en zonas especialmente problemáticas con las alergias. Si las sufrís y tenéis la posibilidad de meter una secadora en casa, probadlo.
Es cierto que es un electrodoméstico bastante recurrente en muchos domicilios del norte de España, donde, por cuestiones de humedad ambiental, la ropa tarda más en secarse, especialmente en los meses más húmedos. Pero si tenéis problemas con la alergia, insisto: probar con una secadora es posiblemente una de las mejores cosas que podéis hacer para ganar calidad de vida durante esta época del año.
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