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Ni oso ni madroño

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Ya estamos en otoño y en los bosques de las montañas cercanas ya empiezan a madurar los frutos del madroño, un arbusto que aunque todo el mundo asocia a Madrid, por ser el símbolo de la ciudad junto con el oso (tampoco hay osos allí desde hace siglos), en realidad tiene su zona de crecimiento en las zonas de bosque mediterráneo y atlántico de la península ibérica. Se trata de una planta silvestre, aunque hay variedades ornamentales muy bellas, sobre todo por el intenso color amarillo de las bayas, y rojo cuando maduran.

Al madroño europeo, de la especie Arbutus Unedo, le gusta las zonas húmedas y crece bien en alcornocales y encinares, más como arbusto que como árbol, siendo propio del sotobosque en muchas zonas de Europa, encontrándose incluso en Irlanda. Los frutos tardan en madurar todo un año, pasando de un color amarillo intenso hasta el naranja y el rojo. Es en este momento cuando se pueden comer.

Hasta hace poco se podían encontrar en mercados y puestos callejeros, donde se vendían ensartados en un palito, a modo de primitivo chupa-chups. ¿Sacarían de aquí la idea? La verdad es que tienen un sabor poco intenso y ligeramente áspero, pero cuando están muy maduros el contenido en azúcares es alto, tanto que adquieren cierto contenido alcohólico, que puede afectar si se comen en cantidad.

Sus usos en cocina no están muy extendidos, sobre todo en confituras y mermeladas, o para hacer licor de madroño, como hacen en Alicante, y su corteza tiene además propiedades diuréticas. Pero el mayor placer es recolectarlos dando un agradable paseo por las montañas, volviendo a nuestra primitiva faceta de homo recolector. Y si tienes jardín, te lo recomiendo, es un arbolito muy agradecido.

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