Me encanta la cocina latinoamericana y, como es de suponer, también me encanta la cocina asiática. Pero, ya que nos ponemos sinceros, reconozco que no cocino en casa tantas recetas latinoamericanas como me gustaría, y mucho menos tantas recetas asiáticas como quisiera dominar.
Eso no quita para que, de vez en cuando, me dé algún capricho y recurra a alguna de las muchas recetas que hemos publicado en DAP, para quitarme el mono doméstico y ponerme manos a la obra con algo un poco más exótico.
Y en esa cocina “exótica” suele haber un ingrediente clave que me encanta, pero que es complicadísimo comprar en pequeñas raciones: el jengibre. Esa raíz, a medio camino entre el picante y el limón, le queda de fábula a buena parte de la cocina asiática y también aparece a menudo en la cocina latinoamericana. En España no es especialmente recurrente, aunque, bien usado, equilibra muy bien el dulzor de cremas de verduras como la de zanahoria o la de calabaza.
El problema llega cuando no cocinamos a menudo: es bastante posible que nos sobre jengibre, porque el tamaño en el que lo encontramos en mercados y supermercados no lo pone fácil. Eso sí, hay un truco que funciona de maravilla: trocearlo y congelarlo (laminado o rallado) para ir echándolo después al plato que queramos. Así no acaba en la basura.
Ahora bien, desde que dejé el café —o, mejor dicho, desde que me dejó él a mí, porque era una taquicardia tras otra— he encontrado un fiel compañero en el mundo del té y las infusiones.
Y ahí el jengibre viene de maravilla. No vengo a venderte la moto ni a hablarte de leches doradas, curcumina ni beneficios milagrosos, porque no tengo ni idea de eso. Pero sí es cierto que, en muchas infusiones (manzanilla, poleo, tila o incluso un té), una pizca de jengibre aporta un toque cítrico y un picante muy atenuado que le sienta especialmente bien.
Así que, si te sobra jengibre, no tengas miedo a usarlo en tus infusiones: casi siempre quedará mejor ahí que olvidado en el cajón… o en la basura.
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