La ropa interior, esa prenda invisible para el resto del mundo, es también la que está en contacto más directo con la piel durante horas y aunque parezca no estar, su presencia es de las más importantes. Absorbe sudor, restos de secreciones, células muertas y bacterias, por lo que la higiene sobre esta importa más de lo que parece.
La recomendación médica es bastante clara: lo aconsejable es cambiarla cada día. Según explican profesionales de salud y divulgación médica como la revista alemana Apotheken Umschau y varias consultas médicas especializadas, la zona íntima reúne calor y humedad, dos condiciones ideales para la proliferación de microorganismos.
Por eso, usar la misma prenda más de 24 horas puede aumentar el riesgo de irritaciones, mal olor o infecciones leves. De este modo, no hay duda: la pauta general es un cambio diario.
La razón no es alarmista, sino práctica. Aunque una persona sana no va a enfermar de inmediato por alargar unas horas más el uso, mantener la misma ropa interior durante dos o tres días favorece que bacterias y hongos permanezcan más tiempo en contacto con la piel.
Cuidado con sudar
Sin embargo, hay situaciones en las que esa norma diaria deja de ser suficiente. Después de hacer deporte, correr, ir al gimnasio o pasar muchas horas sudando, los médicos recomiendan cambiarse de forma inmediata. La humedad retenida en el tejido crea un microclima perfecto para la aparición de hongos y rozaduras, especialmente en prendas ajustadas.
También conviene extremar la higiene en personas con piel sensible, eccema, psoriasis o tendencia a infecciones urinarias o vaginales recurrentes. En estos casos, más que una recomendación estética, el cambio frecuente es una medida preventiva.
El material también influye. Los especialistas suelen recomendar algodón transpirable frente a fibras sintéticas puras, ya que estas últimas retienen más humedad y calor. El ajuste importa también: prendas demasiado ceñidas favorecen la fricción y pequeñas lesiones cutáneas que pueden irritarse con facilidad.
En cuanto al lavado, para una rutina habitual suele bastar con 40 grados y detergente normal. Si se trata de algodón blanco o se busca mayor seguridad higiénica, los 60 grados son la referencia más habitual, especialmente tras enfermedad gastrointestinal o infecciones concretas.
No airearla: lavarla
Según avisan, un gesto que a algunos se les ocurre pasa por airearla y volver a usarla al día siguiente, pero eso no sustituye el lavado. Ventilar puede eliminar humedad y olor superficial, pero no elimina bacterias ni residuos biológicos que quedan adheridos a las fibras.
En realidad, la regla es sorprendentemente sencilla: un día, un cambio. Puede parecer una obviedad, pero es una de esas pequeñas rutinas domésticas que tienen más impacto en el bienestar diario de lo que se suele pensar, alejando por completo la cercanía de microorganismos que no queremos.
Foto | En Pexels: Kaboompics y Sarah Chai.
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