La ribollita es un plato de cuchara cuyo origen se remonta a la cocina humilde de la Edad Media. Su nombre significa "rehervida" y hace referencia a la costumbre de prepararla en grandes cantidades y recalentarla a los días siguientes; un proceso que, lejos de arruinar el plato, intensifica los sabores del aceite de oliva, las alubias y el repollo.
Aunque la receta clásica sigue siendo un pilar en las casas italianas, hoy en día admite variantes que se adaptan a los ingredientes de temporada. Es un plato sumamente rico por su valor nutricional y calidad, es tan denso que suele servirse como plato único.
En una olla amplia, calentar unas cucharadas de aceite de oliva. Sofreír la cebolla, zanahoria y apio picados hasta que estén tiernos, unos 10 minutos. Sumar el ajo y el tomate concentrado (opcional) para que no se quemen. Añadir las hojas de acelga y repollo blanco troceadas. Dejar que reduzcan su tamaño con el calor.
Incorporar la mitad de las alubias enteras. La otra mitad, aparte triturar con un poco de caldo y añadir a la olla. Esto le dará una cremosidad sin usar lácteos. Cubrir con el caldo de verduras o agua y cocinar a fuego lento durante unos 30 a 40 minutos. Por último, va el pan duro cortado en trozos o rebanadas, y cocinar unos 5 a 10 minutos más removiendo para que el pan se deshaga. Servir en cuencos con un hilo generoso de aceite de oliva crudo por encima y un trozo extra de pan.
Con qué acompañar la ribollita
Como plato único, lo ideal es buscar contrastes que aporten frescura o una textura crujiente ante el guiso, como pueden ser unas rodajas de foccacias al romero ideal para mojar y realzar los sabores rústicos. O bien, si buscas algo más ligero, una ensalada de ensalada de rúcula con tomate seco y queso parmesano funciona de maravilla.
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