Iba a ser Las Vegas de Italia, hoy es un pueblo fantasma: visitarlo es peligroso, pero es una perla para los amantes de las ruinas

En 1962 un constructor compró un pueblo en el norte de Italia, lo demolió y construyó un Las Vegas tan cutre como kitsch que hoy está abandonada

Minareto
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Miguel Ayuso Rejas

Director

A poco más de una hora de Milán, en la provincia de Lecco, se encontraba la antigua aldea de Consonno, un pequeño pueblo de campesinos que, desde la Edad Media, vivía de la recolección de castañas en los bosques adyacentes y la cosecha de apios y puerros.  

Los habitantes no eran propietarios ni de sus casas ni de la tierra que cultivaban. El pueblo pertenecía a la Immobiliare Consonno Brianza, una empresa que, en 1962, vendió la totalidad del pueblo al conde Mario Bagno por 22,5 millones de liras (al cambio, casi medio millón de euros).

Bagno, un adinerado constructor piamontés, había puesto el ojo en Cosonno, pero no el pueblo en sí, que le traía sin cuidado, sino en su ubicación: un punto privilegiado, el más alto de la zona, cerca de Milán y con unas increíbles vistas de los montes prealpinos lombardos. Quería construir allí la Ciudad de los Juguetes, un megalómano proyecto urbanístico que tenía como objetivo ser “Las Vegas de Italia”.

A la decena de habitantes que quedaban en el pueblo les dijo que el turismo mejoraría la economía de la aldea y sus alrededores, pero, tras conseguir el permiso para hacer una carretera asfaltada que llevaba al pueblo, echó a todos los vecinos y derribo sus casas. Solo quedó en pie la pequeña iglesia y el cementerio (que aún pueden visitarte).

Panorama Cossono Cossono tiene una estupendas vistas.

El conde empezó entonces a construir todo lo que tenía en mente: varios restaurantes, un salón de baile, un hotel de lujo, una pagoda coronada por un cañón, un tren panorámico que recorría todo el complejo, un castillo medieval y, el que sigue siendo hoy el principal atractivo de Cosonno, una enorme galería comercial visible desde todo el complejo debido a su minarete.

Entre finales de los años 60 y principios de los 70 la Ciudad de los Juguetes recibió miles de visitantes. Se hizo popular entre las parejas recién casadas, que iban allí a celebrar su luna de miel, y en sus escenarios actuaron las grandes estrellas de la época.

Todo iba viento en popa y Bagno tenía intención de seguir ampliando el complejo con todo tipo de equipamientos deportivos, un minigolf, un circuito de carreras y hasta un zoológico. Con lo que no había contado el conde es con la geología de la zona.

Consonno Epoca Una imagen de la Ciudad de los Juguetes antes de venirse a pique.
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No construyas en zonas inundables

En 1976 unas fuertes lluvias provocaron unos deslizamientos de tierra que destrozaron la carretera de acceso a Cossono. El conde intentó, claro, recuperar la circulación, pero cada vez que llovía fuerte la carretera se inundaba: el problema venía de la propia Ciudad de los Juguetes, que habían provocado daños irreversibles en la hidrografía de la zona.

En 1980 el empresario intento reconvertir el hotel del complejo en una residencia de ancianos, pero ni esto logró. Tras su muerte, el complejo quedó abandonado. Aunque en 2007 se valló todo el complejo, son muchos los visitantes que se cuelan para explorar lo que queda del que fuera también llamado Disneyland de Brianza.

Cosonno2 Los edificios están hoy totalmente destrozados y llenos de graffitis.

El lugar ha sido escenario de varias raves, que han destrozado aún más los edificios que quedaba en pie, llenos de grafitis, pero todavía se puede visitar el minarete o las pagodas. Eso sí, con cuidado.

Aunque es posible llegar a pie –la carretera permanece cortada–, las autoridades recomiendan encarecidamente no entrar dentro de los edificios, pues todos están a punto de venirse abajo.

Los herederos de Mario Bagno siguen siendo aún hoy en día los propietarios de tood Cossono. En 2014 trataron de vender el complejo proyectando en el mismo nuevos edificios como cines, tiendas, villas de alto nivel y hasta un centro universitario. Nadie picó.

Imágenes | Marco Sbroggiò/Andrea Zanoni

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