La ciudad de Cuenca es uno de esos destinos turísticos de interior que suele ponerse de bote en bote cuando llega el otoño. Muy cerca de Madrid, además de próxima a Valencia, la capital conquense es una escapada infalible para darse un buen tute de cultura, de arquitectura, de historia y de gastronomía.
Sin embargo, no son pocos los visitantes que, al llegar aquí, apuestan directamente cuando aparecen en la Plaza mayor por quedarse en algunos de los locales más visibles, entre la catedral y el ayuntamiento, o inclinarse hacia alguno de los establecimientos que miran hacia la hoz del río Huécar, uno de los dos que encajonan a la ciudad.
Mucho más desapercibida, pero igualmente céntrica, está una diminuta taberna –con un Solete Repsol– con una puerta a la altura del propio local y que sorprende a muchos viajeros cuando la atraviesan.
Las albóndigas de secreto ibérico y morcilla de Taberna Albero
Normalmente llena de conquenses que aprovechan en fin de semana allí para tomar el vermut, Taberna Albero ha sido uno de mis descubrimientos recientes más gratos y sabrosos… y todo a la vuelta de la esquina de la Plaza mayor.
Un local familiar donde los haya en el que, aparte de tirar bien la cerveza y servir vinos de calidad, tienen algunas de las mejores raciones que se pueden comer en Cuenca con una cocina original en la que han dado la vuelta a muchos clásicos.
Sirven totémicos zarajos y atascaburras, además de poner algunos tacos y quesadillas, aprovechando carnes de caza como el jabalí o el ciervo, pero yo quiero poner en valor unas de las mejores albóndigas que me he comido en los últimos tiempos: sus albóndigas de secreto ibérico y morcilla.
Sí, suenan tan contundentes y sabrosas como parecen, pero son una auténtica maravilla de la que no me atreví a pedir la receta a Vanessa, la artista tras este igualmente diminuto fogón, que pone en marcha unas albóndigas jugosísimas –no es de extrañar, claro– por una mezcla de carnes inusual, pero melosas, sabrosas y donde el contrapunto de la morcilla le queda de perlas para dar un extra de gracia al conjunto.
Y, a todo ello, las sirve con una salsita en la que chapotean las albóndigas, densa y brillante, que pide pan una y otra vez, y que para mí merecen ya atreverse a ir a Cuenca y probar las albóndigas de Taberna Albero.
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