
Cuando era pequeña descubrí un extraño aparato guardado en el fondo de un armario de la cocina, era redondo, con unas patas de metal pintadas de color naranja que, aguantaban una especie de piedra con una espiral de metal incrustada en un bajo relieve en la misma “piedra”. Cada vez que lo veía le preguntaba a mi madre que era aquello y siempre me contestaba que era un infiernillo.
Estudiando catequesis, como estaba yo por aquella época, apunto estuve varias veces de decir en confesión que mi madre tenía un infierno pequeñito en la cocina, aunque nunca me atreví, no quería meterme un lío y que me prohibieran hacer la primera comunión, santa inocencia la mía por aquel entonces.
Menos mal que con el tiempo aprendí que un infiernillo es un aparato pequeño y portátil, que se utiliza para realizar cocciones, y al que también se le puede llamar “cocinilla“ y “hornillo“.
Pueden funcionar con alcohol, con gas o con electricidad. No se les considera placas de cocción ya que están provistos de unos pies cortos o de un zócalo para poder colocarlos sobre una mesa u otro mueble.
No es invento moderno ni mucho menos, unos arqueólogos excavaron, en la zona asiática de Turquía, una cocina del neolítico donde encontraron entre otras muchas piezas un calentador de comidas parecido al fondue. Se sabe que en la época romana eran de bronce, funcionaban con brasas y se utilizaban como los alcohol, para cocer o recalentar directamente en la mesa.
En el siglo XIII se fabricaban infiernillos de hierro forjado montados sobre ruedas, y en el siglo XVIII se llegaron a fabricar modelos en plata.
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