El salmón salvaje se enfrenta a varias amenazas derivadas de la actividad del ser humano, siendo la contaminación de sus ecosistemas uno de los grandes problemas que preocupan a los científicos. Ahora sabemos que, además de los residuos industriales, de plásticos y fitosanitarios, la cocaína también está afectando a las poblaciones de este pescado.
Un equipo internacional de investigadores han descubierto que las trazas de cocaína acumuladas en las aguas de ríos y lagos, donde nacen los salmones y viven la primera etapa de su vida antes de llegar al mar, se acumula en el cerebro de estos animales provocando una alteración de su comportamiento. Más concretamente, esta sustancia puede hacer que naden mucho más. Y no es una buena señal.
Hace ya tiempo que la comunidad científica está identificando restos de cocaína y medicamentos en animales marinos, y algunos trabajos habían logrado demostrar que este estimulante podía cambiar la conducta natural de los peces, pero solo en laboratorio. Este nuevo estudio, liderado por investigadores de la Universidad de Griffith (Australia) y la Universidad de Ciencias Agrícolas de Suecia, ha dado un paso más poniendo a prueba los salmones en un hábitat natural, concretamente en el lago sueco de Vättern.
El estudio, titulado Cocaine pollution alters the movement and space use of Atlantic salmon (Salmo salar) in a large natural lake, publicado este lunes en la revista Current Biology, dividió a 105 ejemplares jóvenes de salmón en tres grupos para estudiar sus movimientos; uno expuesto a la cocaína, otro a la benzoilecgonina, el metabolito principal de la droga que se suele detectar en las aguas residuales, y un tercero de control. A los salmones de los dos primeros grupos se les habían colocado implantes que liberaban lentamente cada sustancia.
Lo que descubrieron tras seguir y analizar su comportamiento durante dos años en las aguas del lago fue que los salmones expuestos a los estimulantes se mostraron mucho más activos hacia el final del estudio, mientras que los salmones de control reducían su actividad para establecerse en una zona concreta del lago. Los ejemplares expuestos a la cocaína habían nadado 5 kilómetros más; pero lo más sorprendente es que fue la benzoilecgonina, el metabolito, el que provocó cambios más acusados, llegando a nadar unos 14 kilómetros más, y desplazándose unos 12 kilómetros más al norte.
“Esto sugiere que, si realizamos evaluaciones de riesgo y no incluimos compuestos como estos metabolitos y derivados, podríamos estar pasando por alto una gran parte del riesgo ambiental al que estamos exponiendo a estos animales”, señala el investigador sueco Jack Brand, quien añade que, aunque aún sabemos las consecuencias exactas de estos cambios, advierte de que los cambios en los movimientos afecta a cómo los salmones se relacionan con su entorno.
“La idea de que la cocaína afecte a los peces puede parecer sorprendente, pero la realidad es que la fauna silvestre ya está expuesta a una amplia gama de drogas de origen humano a diario”, afirma Marcus Michelangeli de la Universidad de Griffith. El trabajo abre la puerta a futuras investigaciones que indaguen en el alcance de los efectos de esta contaminación por fármacos, así como identificar qué especies corren mayor riesgo y determinar si los cambios de movimientos también afectan a cuestiones como la reproducción.
Imágenes | Unsplash/Brandon - E. Peter Steenstra/USFWS