Tomates, naranjas y caquis encabezan el desperdicio alimentario en España, según un estudio que analiza más de dos décadas de funcionamiento del sector hortofrutícola y que, para el periodo más reciente, confirma hasta qué punto la lógica de producir mucho y vender barato está dejando un rastro de pérdidas en el campo.
La idea de fondo es simple, pero inquietante: una parte relevante de frutas y hortalizas perfectamente comestibles no llega nunca al mercado porque recogerlas deja de ser rentable cuando los precios se hunden. Ese fenómeno, lejos de ser anecdótico, aparece ligado a las economías de escala que dominan buena parte de la agricultura española.
España arrastra además una contradicción muy marcada. Es uno de los países europeos más tensionados por la escasez de agua, con amplias zonas áridas y una demanda hídrica creciente, pero al mismo tiempo mantiene un modelo agrícola intensivo que moviliza enormes cantidades de agua, fertilizantes, energía y trabajo para cosechas que luego se abandonan en las parcelas.
El estudio explica que no se trata solo de un problema natural derivado del clima seco. También pesa el desequilibrio entre el agua disponible y el consumo exigido por el sistema productivo, junto con las infraestructuras, las reglas de reparto y los incentivos económicos que empujan a seguir ampliando volúmenes.
A la cabeza del desperdicio
En ese contexto, el estudio citado calcula que entre 2018 y 2024 se descartaron 483.624 toneladas de excedentes hortofrutícolas. No todo acabó destruido, porque una parte se destinó a alimentación animal y otra a bancos de alimentos, pero el volumen retrata una anomalía estructural.
Entre los productos con más desperdicio en toneladas sobresale el tomate, seguido por la naranja y el caqui. Son tres ejemplos muy reveladores. Se trata de cultivos con gran peso comercial, con cadenas de distribución muy exigentes y con mercados donde una bajada brusca del precio puede convertir la recolección en una operación ruinosa para el agricultor.
Por territorios, la Región de Murcia aparece como la comunidad autónoma con mayor volumen de producto descartado, con 20,2 kilotoneladas al año de media en el periodo estudiado. Detrás figuran Andalucía, con 17,9 kilotoneladas anuales, y la Comunitat Valenciana, con 16,7. Cada una refleja un perfil propio. Murcia concentra una horticultura intensiva muy volcada en grandes volúmenes y en la presión exportadora, por lo que un desajuste entre oferta y demanda dispara rápidamente el excedente.
Las comunidades líderes del derroche
Andalucía combina amplias superficies hortícolas y frutales con una competencia feroz en precios. La Comunitat Valenciana, por su parte, destaca tanto por sus cítricos como por el caqui, dos producciones especialmente sensibles a los vaivenes del mercado y a los costes de manipulación y recolección.
Cuando se observa la huella hídrica del desperdicio, la Comunitat Valenciana pasa al primer lugar. El estudio le atribuye 8,78 hm³ de agua desperdiciada al año. Ahí influye el peso de cultivos como naranjas y caquis, que no son los que más toneladas tiran en todos los casos, pero sí generan un impacto muy serio en consumo de agua cuando no encuentran salida comercial.
De hecho, la ciruela es el cultivo con mayor huella hídrica entre los descartes, mientras que el caqui y la naranja también ocupan posiciones destacadas. En emisiones de carbono, el tomate vuelve a sobresalir claramente.
La razón de esta situación está en la mecánica de las economías de escala. Para reducir costes unitarios, muchos productores necesitan cultivar más superficie, invertir más y sacar más volumen. Esa carrera obliga a apretar gastos, depender de precios bajos y aceptar márgenes mínimos.
El estudio calcula que el tomate se lleva la palma en cuanto al mal uso del agua relacionado con el desperdicio.
Cuando el mercado se satura o la distribución paga demasiado poco, recoger la cosecha puede costar más que dejarla pudrirse. Ahí aparece la perversión del sistema: se ha regado, abonado y cuidado durante meses un alimento que al final ni se vende ni se consume. El desperdicio no nace al final de la cadena doméstica, sino en origen.
Todavía hay un matiz importante. Los propios autores advierten de que las cifras oficiales pueden quedarse cortas, porque los registros del FEGA solo contabilizan los volúmenes que entran dentro de las ayudas y de determinados límites. Eso significa que el desperdicio real podría ser mucho mayor.
El trabajo pone un ejemplo muy gráfico: el abandono de 300.000 toneladas de limones en la provincia de Alicante en 2024, una magnitud que no encaja con lo poco que reflejan las estadísticas oficiales para todo el territorio valenciano ese año.
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