Hubo un tiempo allá por los años 80 y 90 en que entrar en una tienda de chucherías con 100 pesetas en el bolsillo era casi un ritual infantil. El sonido de las monedas sobre el mostrador, las bolsas transparentes llenas de regalices y los dedos pegajosos después de un puñado de gominolas formaban parte de una escena muy concreta: la salida del colegio.
Hoy la escena sigue existiendo, pero quienes hacen cola ya no llevan mochila. Llevan tarjeta de empresa, hipoteca y grupos de WhatsApp silenciados, además de peinar pocos pelos sobre sus cabezas. Las golosinas han encontrado un nuevo filón inesperado: los adultos nostálgicos.
Una estrategia rentable
Ciertamente, en plena cortina healthy, la nostalgia se ha convertido en una de las estrategias más rentables de los últimos años. Lo saben las plataformas que recuperan series de los noventa, las marcas que vuelven a fabricar cámaras instantáneas y también el negocio del dulce.
Según El Confidencial, algunas tiendas especializadas aseguran que hasta el 80% de sus clientes son adultos. No compran únicamente por gula, sino quen compran por memoria; en sus manos, un collar de caramelos puede durar menos de cinco minutos, pero el recuerdo asociado dura décadas. Esa es la verdadera materia prima del negocio.
El fenómeno no surge de la nada. La Asociación Española de Fabricantes de Caramelos y Chicles ya detectó hace más de veinte años que buena parte de la población adulta seguía consumiendo caramelos y chicles de forma habitual.
Cápsula emocional
Lo llamativo es que entonces el discurso era casi funcional: se hablaba de aliviar la ansiedad o incluso de sustituir hábitos como el tabaco. Ahora el enfoque es completamente distinto: nadie necesita justificar por qué compra Peta Zetas a los 42 años. El consumo ha dejado de esconderse y se ha convertido en una pequeña cápsula emocional con sabor a fresa ácida y colorante imposible. La economía emocional cotiza al alza.
El negocio ha entendido además algo importante: un adulto tiene menos tiempo que un niño, pero bastante más dinero, que aquellos cuatro duros que llevaba en el bolsillo de pequeño. Si un niño compra una bolsa pequeña, un adulto compra cajas enteras para recordar, packs vintage y hasta lotes temáticos de cumpleaños noventeros, no los infantiles.
Internet ha disparado todavía más el fenómeno. Tiendas online como Retrochuches o Xiana han convertido el catálogo de golosinas en una especie de museo comestible donde conviven palotes, Kojaks, caramelos PEZ y juguetes que parecen sacados de una sobremesa de 1994.
Un mercado que crece
Pese a los aperitivos de humus y arándanos en cumpleaños infantiles, según datos del Ministerio de Alimentación, el consumo doméstico de caramelos, chicles y golosinas creció un 6,9% en 2025. Los perfiles donde más se consume son hogares formados por adultos de entre 45 y 65 años que viven solos y parejas sin hijos.
No es casualidad. Son generaciones que crecieron con las chucherías como pequeño premio cotidiano y que ahora buscan recuperar sensaciones familiares en una época bastante menos inocente y con mucha más ansiedad de la de entonces.
Ni siquiera la Generación Z ha quedado fuera del fenómeno. Muchos jóvenes consumen productos retro que en realidad nunca vivieron. Igual que compran cámaras desechables o escuchan música en vinilo, ahora también descubren caramelos vintage como si fueran piezas arqueológicas de una época más inocente.
Foto | Tatiana Sukhova, Tara Winstead y king caplis.
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