48 horas en el Valle del Jerte y La Vera: qué ver y comer en el norte de Cáceres, tierra de cerezos y pimentones

48 horas en el Valle del Jerte y La Vera: qué ver y comer en el norte de Cáceres, tierra de cerezos y pimentones
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Hablar de las comarcas de La Vera y del Valle del Jerte es pensar en rojo por partida doble, vistiendo del color de los pimentones y de las cerezas estas dos comarcas naturales cacereñas. Sin embargo, la primavera tiñe de blanco las faldas de la Sierra de Gredos, cuyas estribaciones abrigan uno de los espectáculos más impresionante del paisajismo español: los cerezos en flor del Valle del Jerte.

Un momento único en el año, que suele acontecer a finales de marzo y primeros de abril que, incluso, tiene una serie de actividades programadas en los pueblos del valle como el propio Jerte, Cabezuela del Valle, Tornavacas, Navaconcejo, Barrado, Cabrero, Piornal, Valdastillas, El Torno, Rebollar o Casas del Castañar.

Aún separado por un tramo en coche, asumible, completar una aventura a la cacereña en torno a mesa, cereza y pimentón es un placer no muy lejano de grandes ciudades como Madrid, que tendría a poco más de 200 kilómetros de la capital los primeros pueblos de La Vera, como serían Villanueva de La Vera o El Losar.

Perfectos para descubrir en cualquier momento del año, son quizá la primavera, los primeros compases del verano y los finales, además del otoño, las épocas predilectas para acercarse a una zona que ofrece gastronomía popular, gargantas y piscinas naturales y espectaculares paisajes encaramados sobre las mayores alturas de la Sierra de Gredos como El Torreón, aún en territorio extremeño, o monte Almanzor y el pico La Mira, en Ávila, pero muy cercanos.

Día 1: del cerezo al cabrito

Mañana: los cerezos en flor del Valle del Jerte

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Con la floración de las tierras más bajas a finales de marzo en pueblos como Jerte o Cabezuela, conviene darse prisa si queremos ver este efímero espectáculo, que desde Turismo del Valle del Jerte recomiendan hacer en dos rutas, coche mediante: una circular y otra lineal, que permite seguir la línea de la sierra e ir haciendo diferentes altos en el camino con sus miradores.

Imprescindible es detenerse en el mirador del Cruz de Tornavacas (1275 metros), desde el que se obtiene una panorámica impresionante del lado extremeño y del lado castellano-leonés. Además, al estar a tanta altura, es de los escenarios que más permiten llegar a los rezagados que se han perdido las primeras floraciones.

No se debe tampoco perder de vista el mirador de Piornal, conexión entre La Vera y el Jerte y una de las primeras paradas del recorrido. Impactante también es el mirador del Puerto de Honduras, pues desde él se domina toda la panorámica serrana y la extensión cacereña en el horizonte. Aunque no son los únicos miradores, como podéis descubrir aquí.

Comida: asados y estrella Michelin

Todo el norte de Cáceres es una suerte de incursiones poblacionales que se han ido asentando sobre las gargantas y arroyos que abre la Sierra de Gredos aquí, razón por la que son los valles los que llevan la voz cantante.

Aunque fuera del Valle del Jerte, podemos encontrar una experiencia con estrella Michelin en el restaurante Versátil (Granadilla de Zarza, en el Valle de Ambroz, a apenas una hora de coche del Jerte). Con un perfil asequible, el chef Álex Hernández (alumno de Martín Berasategui) propone una cocina cercana, llena de guiños a la gastronomía extremeña en cuanto al producto y que bien merece la visita.

Si no estamos por la labor de salirnos de la comarca, el restaurante La Tenería, en el pueblo de Jerte, es una opción perfecta para catar la gastronomía local, especialmente sus asados (cochinillo, cabrito y cordero).

Tarde: la monumental Plasencia

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El río Jerte a su paso por Plasencia, con la catedral al fondo.

Famosa por sus dos catedrales (la Vieja y la Nueva) y por el grupo de rock Extremoduro, Plasencia no está lejos del Valle del Jerte como para no aprovechar la ruta y dejarse caer por aquí, a unos 40 kilómetros de Jerte.

El conjunto monumental de la ciudad bien merece una visita, incluyendo palacios, iglesias, las citadas dos catedrales, un trozo de muralla románica y un acueducto. Ciudad de paso en la conocida como Ruta de la Plata, el testimonio histórico de la ciudad se sucede desde la época romana hasta el Renacimiento, período de gran esplendor en la zona a costa de las casas nobles de conquistadores y adelantados que partieron hacia América, como atestigua el Palacio de los Monroy, por ejemplo.

Cena: de tapas por Plasencia

La plaza mayor de la ciudad, capital de la comarca de Plasencia y segundo municipio más poblado de la provincia, acoge entre sus portalones y soportales una opción rápida y autóctona de cenar. Es el caso de dos emblemas de la ciudad como son el Bar Español, con más de 100 años de historia, y La Pitarra del Gordo.

Chuletillas de cabrito y cordero, zorongollo extremeño (una suerte de ensalada con huevo, cebolla y pimiento rojo), cortes de ibérico a la plancha y su tradicional palomita (ensaladilla rusa sobre corteza de trigo, también muy popular en Salamanca) no deben faltar en la comanda.

Cerca está La Pitarra del Gordo, otro establecimiento con mucha solera, donde la morcilla patatera (ya sea con calabaza o sin ella) merecen una alto en el camino, bien empapada del vino de pitarra, un formato de vino cosechero que se fermenta directamente en las tinas de barro y que es muy popular tanto en Cáceres como en el sur de Ávila.

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Las clásicas migas de pastor, muy típicas en la zona norte de Cáceres.

Además, podemos aprovechar el alto placentino para acercarnos a alguna tienda local como la carnicería Cabrera y llenar las alforjas de embutido ibérico, patateras y aceite de oliva a buen precio.

También podríamos acercarnos a El Rincón de Amador, un gastrobar con un toque algo más moderno pero cuya cocina está repleta de tapas tradicionales. La trilogía de migas, patatas revolconas y zorongollo no debería tampoco salirse de tu horizonte aquí.

Más 'formal', si buscamos mesa y mantel, dos opciones se deben tener en cuenta (a pesar de que Plasencia cuenta con muchísimos restaurantes accesibles y de calidad). Casa Tomás para los que busquen clasicismo y platos típicos y El Succo para los que quieran algo más de innovación. En ambos casos, el ticket medio no suele superar los 35 euros, así que nuestra parada en boxes placentina es poco onerosa.

Dónde dormir en Plasencia y el Valle del Jerte

Hotel Palacio Giron
Una de las junior suite del hotel Palacio Carvajal Girón.

Si hemos apostado por la pernocta en Plasencia, quizá la opción más recurrente e historicista sea alojarse en el Parador, situado en un antiguo convento renacentista, y que además de sus amplias habitaciones también incluye un restaurante bastante interesante.

Aún en la ciudad, otra buena opción es el Hotel Palacio Carvajal Girón, otro edificio histórico recientemente remodelado y muy céntrico que también nos serviría como base de operaciones para nuestro recorrido cacereño.

En el caso de hacer noche en el Valle del Jerte, la mejor opción es alojarse en Valdastillas en el Hotel Balneario Valle del Jerte, un completísimo hotel muy cerquita de Plasencia y cuyas instalaciones merece aprovechar algo más de un par de días.

Día 2: La Vera: tierra de pimentones, cabreros y emperadores

Mañana: Monasterio de Yuste y gargantas naturales

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El Monasterio de Yuste es una parada casi obligada para los que visiten la comarca de La Vera.

Cuacos de Yuste, tanto por su casco histórico y su plaza mayor, como por el monasterio donde se alojó Carlos I de España para terminar sus días, bien merece una visita. Al monasterio se puede llegar a pie o en coche desde el propio pueblo. Sus claustros y jardines merecen en especial una visita primaveral y veraniega, buen momento para acercarse a La Vera. Como curiosidad, aunque quizá algo tétrica para algunos, también está en el los alrededores del monasterio un cementerio de soldados alemanes, muertos durante la I y la II Guerra Mundial, que no deja de ser interesante visitar.

Como la visita puede ser más o menos breve, también se podría realizar por la tarde sin ningún problema y así condensar la mañana al chapoteo. Toda La Vera está surcada de piscinas naturales como la Chorrera del Diablo (en Villanueva de La Vera), la garganta de Cuartos (en el Losar de la Vera), la de Alardos (Madrigal de La Vera) o la impresionante Garganta de Minchones, entre Madrigal y Villanueva, donde conviene acercarse a ver el Chorro de La Ventera.

Comida: entre hoteles y hostales al pie de las gargantas

Suite Dorada
La Suite Oro del hotel rural Villa Xarahiz (Jaraíz de la Vera).

En primavera y verano, a la brisa que surca por Madrigal, Cardenillo es una opción ideal para comer al lado de la Garganta de Alardos. Además, incluye un pequeño hostal, por lo que como opción de alojamiento está muy recomendada. La cocina alterna frituras con platos tradicionales, generalmente cochinillo y cabrito a la plancha. Sin complicaciones y pocas pretensiones, Cardenillo es un acierto seguro en la mayor parte de las ocasiones.

Si buscamos una opción algo más elevada, tanto para dormir como para comer, el hotel restaurante Villa Xarahiz (en Jaraíz de La Vera) cumple con el perfil. Cocina tradicional extremeña, algo más refinada y con una gran profusión de ingredientes locales, desde los quesos a los aceites, avalan la calidad del restaurante, que incluso posee un galardón como Recomendado Repsol.

En cuanto al alojamiento, todos los pueblos tienen una gran profusión de casas rurales, por lo que las opciones de pernocta son elevadas, ya sea si tenemos La Vera como primer alto cacereño o si queremos alargar la estancia. Además, es frecuente que haya algunas de gran tamaño, por lo que son ideales para grupos de amigos o familias.

Por la tarde: todo al rojo del pimentón

El apellido 'de La Vera' persigue al pimentón desde tiempos inmemoriales, de afadísima calidad y reputación, tanto en dulce, picante o agridulce. Como es lógico, cuenta con un museo propio en la comarca, concretamente en Jaraíz de La Vera.

Es un museo pequeñito, accesible y que sirve para satisfacer la curiosidad de cómo se elabora este preciado condimento, cómo llegó a la zona y por qué su nombre, incluida denominación de origen protegida, le ha convertido en internacionalmente famoso.

Como los distintos pueblos de La Vera están separados por muy poquitos kilómetros, es recomendable que vayamos haciendo distintos altos en ellos, en especial en el citado Jaraíz, además de en Aldeanueva, quizá la que más arquitectura tradicional e histórica presente.

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Si se visita en primavera y verano, La Vera está plagada de piscinas naturales, gargantas y chorreras donde darse un baño y hacer excursiones.

Desde el punto de vista etnográfico, también hay un par de altos que merece la pena hacer. Uno es el Museo de los Empalaos, en Valverde de La Vera, que retrata una tradición de Semana Santa de gran acogida local, o el Museo de los Escobazos (en Jarandilla de La Vera), que hace gala de una costumbre popular que se celebra el día de la Inmaculada Concepción y donde los vecinos intercambian escobas, utilizadas a modo de antorchas, mientras se procesiona la Virgen.

Además, para os amantes de la fruta, La Vera es además famosa por la calidad de sus higos, tanto en fresco como deshidratados, por lo que la temporada de higos en septiembre es una opción perfecta para llevarse un par de cajas a casa.

Como cierre, otra buena opción para llevarnos un sabroso recuerdo de La Vera, es también menester hacer algún alto repostero. Por ejemplo, en La Tahona de Martín (Losar de La Vera) donde hacer acopio de perrunillas, una galleta típica de la zona, o en Vera Dulce Vera (en Aldeanueva), un obrador artesano de fuego de leña cuyos panes y dulces también merecen la parada.

Imágenes | iStock

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