Estamos sumidos en una espiral de viajes, Instagram, créditos, turismofobia y vuelta a empezar, una y otra vez, intentando dirimir la diferencia entre quiénes son los auténticos viajeros y quiénes son simplemente turistas.
En España, el turismo no es solo un motor económico de primer orden, sino también un quebradero de cabeza para muchas administraciones que tienen que ver cómo los ciudadanos empiezan a soliviantarse ante el hecho de que sus pueblos o ciudades se conviertan en parques temáticos.
En ocasiones, con zonas pensadas por y para el turista y, en otras, donde se comprueba que ciertos tipos de turismo, mucho más cercanos a una nueva forma de colonialismo, han acabado sacando al nativo de sus barrios, eliminando sus comercios y multiplicando franquicias de medio pelo que ecualizan el mundo entero, siendo difícil encontrar lo que distingue a una ciudad de otra.
En esa tesitura, César Martín de Bernardo, profesor de Marketing de la Universidad Europea, explicó que hay mucho de psicológico en la forma que comemos cuando estamos haciendo turismo y que, en ocasiones, el cansancio nos puede costar caro.
"El cerebro humano tiende a sobreestimar el peligro de perderse o de acabar en un local extraño y prefiere seguir el flujo de la multitud", cuenta. Sobre todo, cuando así pretextamos que "si una terraza está llena, obligatoriamente tiene que ser buena".
De la misma manera, a nuestro cerebro, por mucho que queramos ir de ávido buscadores de secretos locales, a menudo le gusta ir a lo fácil. "El propio cansancio acumulado tras horas de visitas y estímulos hace que el cerebro elija la opción más cómoda" es decir, lo que muchas veces significa sentarse en la terraza que está justo delante.
Es lo que habitualmente llamamos trampas para turistas donde rara vez vamos a encontrar la mejor paella de Valencia en el corazón de la capital del Turia, ni tampoco el más típico de los restaurantes catalanes en el centro de Barcelona –salvo que vayamos a Los Caracoles– ni los tacos con más raíz en la plaza del Zócalo de Ciudad de México.
Y, aunque suene raro, el profesor rompe una lanza por una oferta que nos debería interesar más de lo que creemos: el menú del día. "Es un producto diseñado para reducir el riesgo de ambas partes: el restaurante cocina a gran escala y de forma eficiente, y el cliente evita la parálisis de elegir entre una carta infinita y cara", argumenta Martín de Bernardo.
No quedan atrás luego las frustraciones con esas experiencias inmersivas. Una de ellas, muy de moda, es comprobar cómo los mercados de abastos de siempre han ido dando lugar a otros formatos que en nada se parecen.
De puesto de compra a lugar gentrificado con tapas caras, neones y turistas en vez de mayores con el carro de la compra que, a su juicio, "desvirtúa la identidad del barrio para convertir un servicio de comida diaria para los vecinos en un escenario puramente de consumo rápido y postureo digital".
Imágenes | Marcus Aurelius
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