Este pueblo de Ciudad Real es famosos por sus molinos, pero tiene un Albaicín igual de bonito que el de Granada

En un lugar de La Mancha... Lleno de molinos, historias sacadas de El Quijote, casas cuevas y un recoleto barrio árabe

Cerro de los Molinos de Campo de Criptana
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Luis Ulargui

Colaborador

Vamos en busca del albaicín de La Mancha. Sí. No nos hemos confundido en la anterior frase. No mentimos. En mitad de la ancha Castilla, rodeada de tierras de labor, casi tan equidistante tanto al norte como al sur, tanto al este como al oeste, hay una villa de rancio abolengo donde árabes y cristianos, judíos y conversos vivieron en armonía y a la sombra de un altozano coronado de molinos.

Un cerro al que se acude cruzando un barrio de blanco y añil que trepa por la ladera como si hubiera sido arrancado de Granada y colocado ex profeso allí, en plena llanura manchega. Un albaicín pequeño, secreto, que sorprende al viajero que llega sin expectativas y se marcha con la sensación de haber descubierto un tesoro. Porque sí, hay un Albaicín lejos de Granada. Más pequeño, más íntimo, menos fotografiado, más quijotesco… pero igual de sugerente. Y está en Campo de Criptana.

Molino más antiguo de Campo de Criptana Molino Sardinero, uno de los más antiguo de Campo de Criptana / Luis Ulargui

Villa de aires quijotesco

En la maraña de calles de este pueblo manchego hay que ir en busca del cerro de la Paz. De repente, las calles se atosigan entre ellas, impidiendo el paso de coches hoy y de carruajes ayer, y que solo permite un paseo sosegado, casi reverencial, como si el propio Alonso Quijano y su escudero Sancho pudieran doblar la esquina en cualquier momento.

Aquí, donde muchos estudiosos cervantinos sitúan la batalla de Quijote y los gigantes, el paisaje sigue siendo tan literario como entonces: molinos vigilantes, casas encaladas y un barrio árabe a los pies de estos gigantes.

ALbaicín de Campo de Criptana Albaicín de Campo de Criptana / Luis Ulargui

Albaicín: un barrio en cuesta con alma

La palabra albaicín proviene del árabe y significa “barrio en cuesta”. Y eso es exactamente lo que uno encuentra: un caserío que trepa por la ladera, con calles estrechas y pinas, fachadas blancas, zócalos de azul añil, rejas de forja y tejados con miles de tejas rojizas.

Este barrio fue el germen de la población en el siglo XVI, cuando Campo de Criptana era apenas un puñado de casas labriegas. Muchas de ellas, casas cuevas que multiplicaban su espacio gracias a estar excavadas en la roca, un ingenioso sistema que permitía ganar espacio, además, resultar eficientes: frescas en verano, cálidas en invierno. El albaicín criptano conserva esa mezcla de humildad y belleza que solo tienen los lugares que han crecido sin prisa, siguiendo la lógica del terreno y no la del urbanismo de estudiosos.

Para iniciar la visita debemos empezar en la Fuente del Moco, divertido nombre y más curiosa aún la historia que los vecinos dejaron asociada a este caño de agua. Esta fuente, posiblemente la más famosa del barrio y de toda la villa, siempre ha despertado sonrisas. Las malas lenguas, que siempre incluyen algo de verdad, cuentan que los pequeños y mocosos de la antigua escuela cercana acudían a beber la fresca agua tras la clase y que, en los fríos días de invierno, acababan con los mocos congelados. De aquí el apodo y el nombre oficial de la fuente. Desde allí, el barrio se convierte en un entramado delicioso: escaleras empedradas, cuestas que suben y bajan, miradores que se abren de repente hacia la llanura manchega.

La cuesta de la Upiana, la calle de la Fuente del Caño o las escaleras que bajan desde el Cerro de la Paz son accesos naturales a este pequeño laberinto de fachadas encaladas que brillan al sol, de rejas de forja que parecen dibujadas a mano, de puertas azules que contrastan con el blanco de las paredes y que se confunde con el cielo en el horizonte. 

Entrada al Albaicín de La Mancha Entrada al Albaicín de La Mancha / Luis Ulargui

Casas cueva y el único gigante de La Mancha

Las casas cueva son uno de los grandes tesoros del albaicín criptano. Viviendas excavadas en la tierra. La Casa-Cueva Pastora Marcela, visitable, permite entender cómo se habitaban estos espacios: techos bajos, estancias encadenadas, olor a cal y a tierra húmeda. Un viaje sin pasaporte, en estado puro y sin adorno alguno. En algunas calles aún se ven las chimeneas que emergen del suelo, discretas, como si la casa respirara bajo nuestros pies.

En el centro neurálgico de este barrio que tiene historia de moriscos, de mozárabes, de cristianos viejos, de judíos errantes está la ermita de la Virgen de la Paz, mandada construir por los Reyes Católicos donde se dice que hubo una pequeña fortaleza califal. Una ubicación privilegiada, dominando el paisaje. A sus espaldas una farola inmensa, como si de un cristo crucificado de forja fuera, y a su lado el señor de estas tierras, el gigante manchego, al que Alonso Quijano quiso derribar: el molino Sardinero, el único que se ubica dentro del casco antiguo.

La escena es tan poderosa que parece un decorado cinematográfico: la farola, el molino, la ermita, el silencio de una barriada y el viento que empieza a mover las aspas. Un lugar para quedarse un rato, sin prisa, observando cómo la luz cambia sobre las fachadas. Y parafraseando a Azorín, maestro de la generación del 98 que encontró en estas tierras la síntesis perfecta de La Mancha: molinos, llanuras y un cielo que parece no terminar nunca.

Los Gigantes de La Mancha desde el Albaicín de Campo de Criptana Los Gigantes de La Mancha desde el Albaicín de Campo de Criptana / Luis Ulargui

Los molinos: gigantes que nunca duermen

El albaicín de Campo de Criptana se asienta a los pies del Cerro de la Paz o monte de los molinos. La estampa de esta villa manchega con su decena de molinos es, sencillamente, icónica. Es curioso ver como esos brazos inmensos se desperezan con lentitud e inician unos aspavientos como si quisieran quitar las telarañas al paisaje. Uno puede sentirse y quedarse hipnotizado viendo cómo se mueven estas alas de madera, como el viento las hace girar con un grito ronco y quejicoso. Ya Camilo José Cela, en uno de sus libros de viajes, narró que aquí el viento tiene un oficio antiguo y mueve las aspas como si de un rezo se tratara.

De todos los molinos, tres son originales, el ya mencionado Sardinero, el Infanto y El Burleta, quienes conservan su maquinaria intacta. Son patrimonio vivo, guardianes del horizonte y protagonistas absolutos del paisaje. Hay que agradecer al pintor Gregorio Prieto, conocido como el artista que rescató los gigantes de La Mancha, quien en los años 50 alzó la voz para que se restauraran y no se olvidaran estos edificios que son paisaje y paisanaje de La Mancha.

De día, sus aspas rasgan el cielo como si quisieran recordar al viajero que aquí empezó todo: la literatura, la leyenda y la imagen más universal de La Mancha. De noche, iluminados, parecen gigantes en vela. Sí, los molinos también son paisajes nocturnos con una curiosidad visual.

Pósito de Campo de Criptana Pósito Real de Campo de Criptana / Luis Ulargui

Un pueblo que se descubre paso a paso

Abandonar el Albaicín no significa despedirse del encanto, sino abrir la puerta a otro Campo de Criptana. El descenso hacia el centro urbano es un paseo que huele a historia: primero aparece la Fuente del Caño, restaurada con mimo y decorada con las cruces de la orden sacromilitar de Santiago, recordatorio pétreo de la importancia que tuvo el agua y su manantial subterráneo en la vida de estas tierras secas.

Más abajo, las calles se ensanchan y el pueblo recupera su pulso más cotidiano. La Plaza Mayor surge entonces como centro de reunión. Cerca la Casa del Conde de las Cabezuelas aporta su porte señorial del siglo XVII y el Pósito Real, antiguo banco agrícola y hoy museo, nos recuerda que aquí el campo siempre ha marcado el destino de la comarca.

Imágenes | Luis Ulargui

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